Diez años después del cerrojazo en Xàtiva y con Carcaixent sumándose al bloqueo institucional, la tauromaquia vuelve a quedar a la intemperie: prohibiciones municipales que asfixian la base y un sector profesional incapaz de sostener la unidad cuando más se la necesita, como se ha demostrado en el “caso Zaragoza”, con un pliego que encarece la gestión de la plaza y adelanta los carteles, condicionando la Feria del Pilar y el bolsillo del espectador. Entre vetos locales y concursos al límite, el gran damnificado sigue siendo el aficionado, cada vez con menos voz en su propia fiesta.






