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Aunque falta un mes para que se celebre la festividad de San Pedro Regalado, patrón de los toreros, su portento sigue vigente y obró efecto hace unos días en Las Ventas. Los milagros, aunque de manera racional no haya forma de ubicarlos ni encontrarles explicación, existen, si bien su materialización no sea, desafortunadamente, algo que suceda ni todos los días ni en cualquier ocasión. Y  eso se vio, también hace nada, en Málaga, cuando un toro se arrancó de improviso y arremetió contra el pobre Ricardo Ortiz, que apenas pudo hacer nada para esquivar la embestida y fue corneado con tan mala fortuna que perdió la vida en uno de los corrales de la plaza de Málaga después de haberse jugado el tipo en el ruedo durante su etapa como matador. Mucha más suerte tuvo Cristian Pérez, a quien el Domingo de Ramos, en la corrida en la que confirmaba su alternativa, la providencia le echó un capote y salvó la vida tras una espeluznante cogida sufrida mientras pasaba de muleta a un torazo de Dolores Aguirre que le zarandeó, zamarreó y acogotó de manera impresionante, saliendo del trance con sólo una cornada en la pierna derecha y una tremenda paliza. Viendo las imágenes del percance, con los pitones buscando hacer presa, golpeando la espalda, la cabeza y las piernas de un torero convertido en un pelele a merced de una fuerza de la Naturaleza desatada y enfurecida, no hay mas remedio que pensar que aquello fue un milagro y …

Problema de dificilísima solución si presidentes o locutores o redactores de notas sobre festejos o críticos o cronistas o periodistas profesionales o intrusos del periodismo ignoran lo que es mayoría de pañuelos. O lo hacen sabiendo que incumplen la ley. MAYORÍA ES LA MITAD MÁS UNO. Petición que no sé si se da alguna vez porque es un pañuelo por cada dos espectadores. Y uno más. ¿Se imaginan cómo estaría la plaza de blanca?.

Cinco segundos bastaron para detener el tiempo y elevar el toreo a una dimensión casi irreal. La tarde del Domingo de Resurrección en la Maestranza de Sevilla, José Antonio Morante de la Puebla firmó una de esas obras que escapan a cualquier medición estadística, una faena construida desde el asombro, la quietud y la emoción más pura, que desató la controversia pero que quedó grabada, indeleble, en la memoria de quienes tuvieron la dicha de vivirla.

No han sido, ni las Fallas, pese a sus cifras, ni La Magdalena, mucho más pobre, ferias en las que la gente haya respondido como debiera. Y eso tendría que preocupar.

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