El de ayer fue un festejo distinto a lo habitual. Un espectáculo emotivo, en el que el argumento fue el concepto de tauromaquia como lidia, como sentido del riesgo.
El de ayer fue un festejo distinto a lo habitual. Un espectáculo emotivo, en el que el argumento fue el concepto de tauromaquia como lidia, como sentido del riesgo.
Sigue el exitoso San Isidro de los llenazos, los jóvenes, la pandemia de avisos, las corridas cercanas a o en las 3 horas, las orejas, las puertas grandes, las apoteosis verdaderas, generosas, justas o falsas.
La feria de San Isidro deja cada año imágenes, actuaciones y comportamientos que invitan a la reflexión. La pérdida de la lidia clásica, el protagonismo de los subalternos y matadores banderilleros, las salidas a hombros, la actitud de algunas figuras, la presencia de El Juli y del Rey Felipe VI en los tendidos o la irrupción de nuevos valores son algunos de los aspectos que han llamado la atención.
Poco a poco, con más antelación puede que otros años, la temporada va viendo como se rellenan sus fechas y sus ferias adquieren contenido, forma y cuerpo. Las combinaciones para los distintos seriales van siendo presentadas, cada vez con fastos más tremendos, más pompa, boato, lo que es bueno y positivo, y anticipación, lo que ya no me parece tan bien, en según que casos.
Nunca vi más rara la plaza de las Ventas ni me vi tan escéptico. Mucho pañueleo, lo que puede ser bueno o malo. Hay cosas positivas como la cantidad de público que acude a la plaza de Madrid y, sobre todo, a las novilladas y a algunos carteles de relleno. Y novilleros triunfadores que han sorprendido.
La corrida del domingo 24 de mayo por la mañana en Nîmes fue mucho más que un festejo: una afirmación rotunda del momento que vive la tauromaquia francesa.