Cuatro hechos han llamado la atención por encima de otros en los últimos festejos venteños: la depreciación del valor de la lidia, el aumento de la tasación del toreo épico, cuanto más dramático mejor, la recuperación de la figura del torero chulo rescatada por Cayetano, y el olvido de Jiménez Fortes para “coger” una sustitución.

Aunque lo visto en el ruedo en los últimos tiempos -para no hacerlo  muy largo: en lo que va de temporada, o, centrando todavía más el  tema, en este San Isidro que no parece tener fin- hace aflorar la  ilusión y la esperanza, con grandes actuaciones de muchos toreros y  muchos toros, también, dando juego y posibilidades, el panorama en  torno al espectáculo taurino, la tan denostada fiesta nacional, no  parece halagüeño ni pinta bien. Demasiados enemigos en contra, muchos  intereses en juego, un gran desconocimiento en quienes atacan y la  proverbial falta de unión del sector hacen que la situación sea complicada.

Las grandes ferias apenas programan novilladas. El mal de tener que pagar por torear sigue latente. Los costes de organización de este tipo de festejos son demasiado altos. Y a pesar de todo siguen apareciendo novilleros ilusionados. Un milagro… hasta el día que deje de serlo.

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