Polémica en las Ventas para fijarse y sacar consecuencias. Orejas protestadas sobre todo. Presidencias desnortadas y público cada día más eufórico y chillón. Y sin saber este nueva avalancha de espectadores cómo es o debe ser la tauromaquia en Madrid.
Bueno, como el país. Todo convulso. Porque tenemos también la nueva situación política que ha dado poder, o por lo menos más influencia, a una serie de partidos claramente antitaurinos. Dejemos fuera al PP que al menos ha mostrado un débil apoyo a los toros. Los demás, todos en contra. Vienen más nubarrones.
Mientras tanto, hay que fijarse en Castella y en su épica del miércoles 30 de mayo. Y la lección es que en ninguna otra actividad, en ninguna, un ser humano supera un accidente como el suyo con el capote –parecía que el toro lo había partido en dos- y con herida en el talón y gran paliza coger la muleta, muy maltrecho, y ponerse de rodillas.
Y miremos a Cayetano que siguió con la misma entrega de la temporada pasada, tuvo algunos detalles de torería diferentes, llevó a muchas mujeres a la plaza y.. mucha discusión. Buen chollo para la empresas este fenómeno mujeres-Cayetano.
Pues igual que a Castella –y esta es la contralección- tuvo muchos votos en contra de los tendidos cuando le dieron la oreja. También Sebastián Castella oyó voces de protesta por las dos orejas y la consiguiente Puerta Grande de Las Ventas.
Tres desacuerdos contra Castella, Cayetano y el palco. Momentos para la polémica.
Muy discutidos trofeos, sí, en una feria en la que los presidentes también han sido discutidos. Unos dando de más y otros de menos. Y en lo alto de la polémica, los señores Magán y Gómez. Uno con el increíble no a Fortes y el otro con la aparición esperpéntica de aquel pañuelo verde para un manso ante el que se impacientó, cosa nunca vista.
Hay que revisar quién sirve y quien no para sentarse en el palco de Las Ventas.
También fue positivo que Castella compareciera 48 después para su tercera tarde cuando no le hacía falta por haber triunfado ya en la feria y seguir herido. Cicatera ovación tras el paseíllo que le impidió salir a saludar.
Menos mal que para dar orejas o no también tenemos a las mulillas. Y de forma decisiva. Cuando van hacia el toro, el paso es de procesión para perder minutos, se paran, no se mueven, y pasa el tiempo y provocan que se encrespe el público contra el palco. Decir procesión es una exageración. Moverse así o no moverse lo podían aplicar para arrastrar al toro. Sería precioso. ¿No hay nadie que pueda acabar con este abuso?
Mientras tanto, esperemos lo que pueden hacerle al espectáculo taurino los partidos que llegan. A bastantes de ellos ya los padecemos hace tiempo. Y los blanditos populares, tras la espantá incalificable de su presunto líder, de cuyo nombre no quiero acordarme, menos harán.









