Aunque lo visto en el ruedo en los últimos tiempos -para no hacerlo muy largo: en lo que va de temporada, o, centrando todavía más el tema, en este San Isidro que no parece tener fin- hace aflorar la ilusión y la esperanza, con grandes actuaciones de muchos toreros y muchos toros, también, dando juego y posibilidades, el panorama en torno al espectáculo taurino, la tan denostada fiesta nacional, no parece halagüeño ni pinta bien. Demasiados enemigos en contra, muchos intereses en juego, un gran desconocimiento en quienes atacan y la proverbial falta de unión del sector hacen que la situación sea complicada.
Y en esto van los profesionales y se mosquean entre sí. No es nuevo y la rivalidad siempre ha sido acicate y abono para el crecimiento, pero no creo que lo que me cuentan beneficie a un negocio que precisa del apoyo, y sin fisuras, de todos.
No parece que entre la gente de plata esté ahora muy bien visto uno de ellos, porque dicen, busca siempre sólo su lucimiento personal, por encima de facilitar el triunfo a su jefe de filas. No es nuevo, y la polémica y la controversia sobre el particular ha existido siempre que alguien ha destacado, y más si ese brillo llega antes que faenas luego de menos fuste…
Está claro, y es tan evidente como lógico, que la labor del peonaje es ayudar en todo momento al matador a cuyas órdenes actúan, dejándole ver el toro, sin molestarle, sin forzarle ni quebrantarle en exceso… siempre que no fuese preciso. Eficacia, colocación, solvencia, capacidad, disposición, capotazos justos, banderilleando con suficiencia, equilibrio a favor de su matador y del toro….Y sin hacer ruido. Esos son los banderilleros que siempre han sido cotizados y considerados “buenos”. Y de los que ahora mismo hay una amplísima nómina: desde los más veteranos Carretero, Luján o Luis Blázquez, hasta los más nuevos Iván García, Raúl Martí o Sergio Aguilar, por no hacer muy larga la lista y sin olvidar a los Ambel, Álvaro Montes, Curro Javier, Trujillo, Fini, Jocho, Puchi, Adalid, Fernando Sánchez, Marco Galán, Cervantes o un larguísimo etcétera que haría que alguno se quedara en el tintero injustamente y sin pretenderlo.
Pero no es menos cierto que la corrida de toros es un espectáculo global y que a lo largo de su desarrollo no conviene dejar tiempos muertos que aburran y cansen al espectador -que, por otra parte, no se olvide, no goza de demasiadas comodidades en casi ninguna plaza y al que no hay dar motivo alguno para que piense en ello-, y aunque ahora mismo sea el último tercio el de mayor peso y trascendencia, no ayuda dejar pasar en blanco los dos primeros, buscando no sé si la floritura pero, desde luego, la admiración del respetable público.
Claro que nada debe hacerse en detrimento del toro -y es bien cierto que un exceso de protagonismo en un subalterno puede acarrear, y de hecho así sucede a veces, el estropear un toro, o reducir sus posibilidades y por ende las del torero…- y todo en función del lucimiento del espada, pero tampoco conviene ser un mero funcionario que ejecute su labor como un rutinario trámite. Recordemos cuántas veces se organizaron aquellas llamadas “cuadrillas de arte”, en las que, sobre todo, los banderilleros eran casi tan protagonistas como los que vestían de oro. Nombres como los de Curro Álvarez, Pepe y Manolo Ortiz, Paco Honrubia, Eliseo Capilla… dieron lustre e importancia a formaciones con aquella denominación -y a cuya labor habría que calificar como el arte de la cuadrilla-, y que hacían el paseíllo tras diestros como Miguel Márquez, Jorge Gutiérrez o Pascual Mezquita. Hace unos años, en Las Ventas, se obligó a dar la vuelta al ruedo, antes de que se iniciase el último tercio, a los subalternos que llevaba a su cuidado Javier Castaño, y lejos de crear tendencia, aquel homenaje nunca se ha vuelto a producir.
Aunque sea el matador quien debe asumir el peso de la lidia, y con ello, el éxito o el fracaso, tampoco está de más dejar lucir a quien le auxilia, siempre en su justa medida y sin estridencias ni exageraciones. Todo suma.









