En una época en que la camaradería excesiva parece haber enfriado el pulso emocional de muchas tardes, ver brotar un pique como el que protagonizan Morante y Roca Rey es una bendición. Porque la tauromaquia no es sólo el hombre frente al toro, es también el hombre frente al hombre en la pugna por la gloria. Rivalidad sin odio, competencia sin tregua.

En la Plaza Real de El Puerto, el calor no solo lo marcaban los termómetros. La tensión en el ruedo alcanzó temperaturas de leyenda cuando Morante de la Puebla y Roca Rey, dos toreros de planetas diferentes, se cruzaron en un diálogo tan breve como incendiario. El sevillano recriminó un quite, el peruano respondió con ironía. No hubo más palabras, pero bastó para que la plaza entera supiera que algo grande estaba pasando.

Hace unos días finalizó uno de los mas grandes espectáculos del mundo, el Tour de Francia, la más dura competición deportiva que se pueda contemplar sin llegar a los llamados deportes extremos, y en la que ha vuelto a estar en lo  más alto del podium un ciclista que ya entra en la leyenda al ganar esta prueba por cuarta vez. Y con muchas probabilidades de que aumente su palmarés.

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