En una época en que la camaradería excesiva parece haber enfriado el pulso emocional de muchas tardes, ver brotar un pique como el que protagonizan Morante y Roca Rey es una bendición. Porque la tauromaquia no es sólo el hombre frente al toro, es también el hombre frente al hombre en la pugna por la gloria. Rivalidad sin odio, competencia sin tregua.

Decirle a Morante de La Puebla que haga algo despacito es como decirle al agua que sea húmeda. Morante torea a los toros más despacio que algunos toreros son capaces de torear de salón. Y lo hace porque todo en él es despacio. Que nadie olvide que se torea como se es. Morante camina despacio, baila despacio, habla despacio y hasta discute despacio. Morante vive despacito porque despacito se saborea más y mejor la vida.
Hace unos días, en el callejón de la plaza del Puerto de Santa María, Morante le advirtió a Roca Rey que se había equivocado haciendo un quite cuando no era su turno, y así lo señalaba el Reglamento. Estaba en lo cierto y era su deber como director de lidia. Pero el peruano, lejos de pedir disculpas, le contestó con altivez: “Maestro, fúmate un purito despacito”. Volvía a equivocarse Roca Rey con esa réplica, poco elegante ante un matador de mayor antigüedad, que además tenía razón y encima fuma puros más despacio que algunos torean.
El momento de tensión no pasó de la anécdota, y cuando el festejo terminó el de La Puebla le dio la mano al limeño y aquí paz y allá gloria. Pero seguro que la procesión seguirá yendo por dentro durante mucho tiempo y la rivalidad tirante continuará aflorando cada vez que coincidan en un paseíllo. Porque los dos son gallos que no se dejan ganar la pelea, porque los dos son figuras del toreo, porque los dos quieren mantener su estatus y porque los dos son ambiciosos y quieren ser los mejores, cada cual en su concepto.
No puede ser mejor noticia para la tauromaquia actual, malacostumbrada al colegueo entre toreros, a los antiestéticos besos en el callejón, a risas en los burladeros y a cuchicheos mientras se ejecutan los tercios de varas. El toreo es a cara de perro, a estar por encima de los compañeros, a demostrar más ambición que nadie y a intentar ganar siempre la partida. El toreo es acudir al quite más rápido que nadie cuando el peligro acecha, es ser amigos fuera de la plaza pero contrincantes en la arena. Siempre fue así y Morante respeta esa liturgia como respeta sus deberes como director de lidia y como respeta el Reglamento. Por eso la polémica y la contienda están servidas, y eso sólo puede ser bueno para la salud de la Fiesta de los toros.
Y es que la rivalidad bien entendida ha sido siempre el motor que ha movido las épocas doradas del toreo. Fue así con Bombita y Machaquito, con Lagartijo y Frascuelo, con Joselito y Belmonte, con Ordóñez y Dominguín, con Litri y Aparicio. No se trataba de enemistades personales, sino de un afán inquebrantable por superarse y no ceder terreno al otro. Cada paseíllo juntos era un reto. El público lo percibía, se contagiaba de esa tensión competitiva y acudía a la plaza con la expectación de quien va a presenciar un duelo irrepetible.
En una época en que la camaradería excesiva parece haber enfriado el pulso emocional de muchas tardes, ver brotar un affaire auténtico entre dos primeras figuras es una bendición. Le devuelve a la Fiesta esa dosis de dramatismo y épica que la hace vibrar. Porque la tauromaquia, en su esencia más pura, no es sólo el hombre frente al toro, es también el hombre frente al hombre en la pugna por la gloria. Rivalidad sin odio, competencia sin tregua.
La Fiesta necesita gallos que canten más alto que el resto, que entiendan que cada tarde es un juicio y cada toro una sentencia. Porque el toreo se alimenta de la ambición, y la ambición crece cuando hay un rival a la altura. Así fue siempre, así es ahora, y así debe seguir siendo si queremos que la tauromaquia siga viva, orgullosa y vibrante en el siglo XXI.









