Hay tardes que no se explican. Se sienten. Y hay toreros que no se miden por estadísticas, ni por puertas, ni siquiera por las vueltas al ruedo que da la historia. Hay toreros que pertenecen a otra dimensión, a un territorio donde el tiempo no transcurre, sino que se detiene. Allí habita José Antonio Morante de la Puebla.






