Tengo que insistir porque lo hemos visto también estos días, todas las tardes o casi todas, en Valencia. La plaga de las corridas interminables, por faenas interminables, no hay quien la pare. Tengo que repetirlo. En las Fallas, alargamientos de faenas, avisos por doquier con la generosidad y paciencia además de los presidentes. Largometrajes todos los días. También lo soportamos en las ferias de Olivenza y Castellón. Y así ocurrió el año anterior y en temporadas precedentes. La plaga viene de lejos.

Ya se demostró el pasado año, con la instalación en el primer piso de  la exposición Los Toros son Cultura, otra sobre Manolete visto por Finezas, los carteles de Manolete o la que sobre el desafortunado y  recordado Manolo Montolíu se instaló en lo que fue tienda de la plaza  de toros de Valencia. El viejo coso que levantase Sebastián  Monleón,  del que este año se cumple medio siglo de su primera gran reforma -la  de 1968, la que la liberó de la verja que la cercaba y le dio mayor  aforo y su aspecto actual- tiene vida más allá del ruedo.

  Las embestidas de muchos toros son tan pastueñas de salida que a la mayoría no haría falta picarlos, y posiblemente tampoco banderillearlos. A este paso para practicar la tauromaquia del futuro no harán falta subalternos. Un poco preocupante ¿no?

Vaya lío con Gonzalo Caballero en la presentación de la próxima Feria de San Isidro, en la gala que tuvo la semana pasada en el ruedo de Las Ventas –acondicionado para la ocasión con una gran y confortable carpa- con la presencia del mismísimo rey emérito don Juan Carlos y su hija la infanta Elena. Un enredo que no ha dejado a nadie indiferente.

Tras los festejos de la sierra madrileña, los de Ajalvir y  Valdemorillo -los más madrugadores y que a modo de calentamiento  hacen que se desperece el mundo del toro a esta orilla del  Atlántico-, la nueva temporada española ya está en marcha.

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