Frank de la Jungla nunca escondió su rechazo a la tauromaquia. Sin embargo un día entró en una plaza de toros y, mientras los antis le insultaban de forma atroz, se encontró con el respeto de los aficionados y con una pasión por el animal que él desconocía. El nuevo ministro Màxim Huerta siempre rechazó el toreo. Quizá si se acerca a un coso taurino descubra que no es lo que su prejuicio le dictaba y, quién sabe, incluso rectifica.

Aunque es normal que haya a quien no guste - y hasta disguste- el espectáculo taurino -a mucha gente tampoco le gusta el fútbol, o echa pestes de la actividad política, por ejemplo: si a todos nos gustase lo mismo tendríamos un muy serio problema-, quien reniegue de la fiesta nacional por sistema es que ni la conoce ni se ha acercado a ella. Y, como dice el magistrado y escritor Mariano Tomás Benítez, no se puede juzgar algo que no se conoce y, mucho menos, condenarlo.

Muchas han sido las imágenes que deja para el recuerdo y la posteridad la presente edición del larguísimo serial isidril, en el  que hubo no pocos triunfos -unos con correspondiente puerta grande, otros sin ella pero no por eso menores-, abundantes notas de interés  y también, como es normal, algunos fracasos. En toros y toreros. Y  hasta en presidentes y responsables de distintos aspectos  organizativos de la feria.

Cuatro hechos han llamado la atención por encima de otros en los últimos festejos venteños: la depreciación del valor de la lidia, el aumento de la tasación del toreo épico, cuanto más dramático mejor, la recuperación de la figura del torero chulo rescatada por Cayetano, y el olvido de Jiménez Fortes para “coger” una sustitución.

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