Aunque lo visto en el ruedo en los últimos tiempos -para no hacerlo muy largo: en lo que va de temporada, o, centrando todavía más el tema, en este San Isidro que no parece tener fin- hace aflorar la ilusión y la esperanza, con grandes actuaciones de muchos toreros y muchos toros, también, dando juego y posibilidades, el panorama en torno al espectáculo taurino, la tan denostada fiesta nacional, no parece halagüeño ni pinta bien. Demasiados enemigos en contra, muchos intereses en juego, un gran desconocimiento en quienes atacan y la proverbial falta de unión del sector hacen que la situación sea complicada.
Venir a Madrid y Talavante de ejemplo. Fue en la 18ª corrida de San Isidro. Hay que valorar como se debe el gesto de Talavante de venir a una tercera corrida sustituyendo a un compañero con menos cartel, Paco Ureña. Muchos no se lo creían, pero fue así.
Muchos han sido los caballos que han adquirido notoriedad y fama a lo largo y ancho de la historia del rejoneo.
Las grandes ferias apenas programan novilladas. El mal de tener que pagar por torear sigue latente. Los costes de organización de este tipo de festejos son demasiado altos. Y a pesar de todo siguen apareciendo novilleros ilusionados. Un milagro… hasta el día que deje de serlo.
Me he fijado mucho en el público de Las Ventas los días que llevamos de San Isidro. Y en general la asistencia ha bajado. El personal se inclina como es lógico por los toreros buenos y conocidos. Sin embargo en épocas anteriores, no tan lejanas, los llenos eran diarios. Única también en eso.
Mayo del 68 sigue dando motivos para recordar, más allá de la famosa, y para muchos, inútil revuelta estudiantil de París, o el triunfo de Massiel en Eurovisión -igualito que ahora...- o la impresión causada en el mundo entero por la muerte de Martin Luther King, el líder del movimiento en pro de las libertades y derechos para los negros norteamericano, apóstol de la no violencia, abatido a tiros por un fanático blanco en Menphis.






