Tauromaquia y religión comparten un mismo pulso ritual, una liturgia que da sentido a lo trascendente. La Semana Santa es solemnidad, respeto por la tradición y capacidad de emocionar colectivamente, como el toreo, y el Domingo de Resurrección, cuando el cristianismo celebra la victoria sobre la muerte, la plaza de la Maestranza sevillana recupera el pulso festivo para regresar a la luz y a la alegría.
Se siente y no se para de hablar de la muerte en los corrales de la MALAGUETA de mi tocayo RICARDO ORTIZ, hijo del gran MANOLO, matador de toros, como después fue RICARDO, y excelente banderillero.
Hay tardes que no pertenecen al tiempo, sino a la memoria.
Cuando la feria de fallas es ya historia, consumida como esos magníficos monumentos de cartón y madera que le dan forma, reducidos a ceniza, convertidos en humo, en una extraordinaria alegoría de lo que es nuestro paso por este río que va a parar al mar que es el morir -Jorge Manrique-, al margen de esta reflexión, baldía para casi todos, en lo taurino deja notas de no poco interés.
Pues sí y como siempre pero con nuevos detalles. Como el que no se han hecho eco los medios que tratan el mundo de los toros.
Los números no entienden de debates ideológicos y hablan con claridad. Los datos de asistencia, abonos y participación popular revelan una realidad marcada por el crecimiento, la renovación del público y el impulso decisivo de la televisión como gran escaparate de la Fiesta.






