La tauromaquia atraviesa un momento de estabilidad en las taquillas gracias al tirón de un reducido grupo de figuras. Sin embargo, esa fortaleza encierra también una debilidad: la necesidad de impulsar una nueva generación de toreros capaces de ilusionar al público y garantizar el éxito taquillero y el futuro de la Fiesta.

La temporada parece embalada mirándole la cara a agosto si es que la ESPAÑA actual de incendios forestales, con daños para el mundo del toro también, y las locuras políticas la deja continuar. Pero ahí tenemos la pimpante feria de SANTANDER, éxito consolidado y espectacular, erigiéndose en la feria del Norte si es que BILBAO definitivamente se deja, ante el entusiasmo de GIJÓN que no ceja y tras haber dejado ya muy lejos a SAN SEBASTIÁN y su actual “semana”, antes grande y ahora pequeña, de 3 días. Con el público abarrotando tendidos y colocando NHB.

Se acaba de consumir un nuevo capítulo de la feria de julio de Valencia, en su momento la más importante del calendario y modelo de todas cuantas vinieron después. Pero... los tiempos cambian, los intereses mudan y, al final, nada queda, que ya cantase Machado y, antes, explicase, con aguas y ríos, Heráclito. Lo que fuese gran acontecimiento valenciano tiene un horizonte oscuro y nada claro.

Aumentan cada tarde. Es rarísimo ver a algún torero dar la vuelta al ruedo, con trofeo o sin él, llevando el capote de paseo. Torería y orgullo para los pocos que lo hacen. Se aferran a la montera y desprecian el capote mientras los subalternos, los tres, lo llevan siempre. Estaría bonito que imitaran a sus jefes y se pasearan detrás del matador solo con la montera. Vaya escena.

La grandeza de la Tauromaquia no nace únicamente del talento del matador, sino, sobre todo, de la bravura y la exigencia del toro. Cuando el astado transmite emoción y obliga al diestro a superarse, el toreo alcanza su máxima dimensión. Es el animal quien da categoría a la faena y quien convierte al torero en héroe.

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