La Pobla Llarga ha recuperado sus toros gracias al esfuerzo de unos aficionados que han puesto tiempo y dinero para hacer realidad su ilusión. Pero, además de múltiples obstáculos, han tenido que enfrentarse a quienes pretenden convertir una opinión personal en una lección de moralidad y decir a los demás qué pueden o no pueden disfrutar.

Doce años después, la población valenciana de La Pobla Llarga ha vuelto a tener toros gracias a un grupo de aficionados, la peña El Quiebro, que ha invertido trabajo, tiempo y dinero para organizar dos fines de semana taurinos con suelta de vacas, desencajonada, concurso de recortes y exhibiciones de toros, y todo a pesar de las dificultades que se han encontrado para recuperar una tradición casi perdida. Han tenido que alquilar un terreno ante la falta de cesión municipal y asumir los costes de plaza, ganado, médicos, veterinarios, seguros y todo lo necesario para obtener los permisos pertinentes.
Y cuando finalmente lo han conseguido, ha aparecido también la intolerancia. Nada que objetar; quien no quiera toros está en su derecho de no acudir. Lo preocupante es que la exdirectora del colegio local haya utilizado su lista de contactos para enviar a padres de alumnos y conocidos este whatsapp:
“Hola. Perdonad mi atrevimiento pero, por favor, no vayáis a los toros, no apoyéis ni hagáis bueno que maltraten a los toros por diversión. Los toros se estresan, se ponen nerviosos, sufren, sienten dolor como nosotros. Son animales, tienen instinto, pero, al igual que los seres humanos, sufren, sienten dolor y tienen sentimientos. No forma parte de nuestra cultura en el siglo XXI la tortura y maltrato a los animales. Esto hoy en día es barbarismo y dice muy poco de quien lo aprueba”.
Que los animales sientan dolor no convierte automáticamente en “tortura” cualquier actividad en la que estén implicados. La cuestión del bienestar animal es compleja y extensa, y no puede resolverse mediante simples consignas. Y afirmar que la tauromaquia es básicamente “barbarismo” tampoco es un argumento, sino una descalificación. Los festejos taurinos son una actividad legal, regulada y arraigada culturalmente. Se puede estar en contra de ellos, pero no convertir una opinión personal en una superioridad moral desde la que señalar a quienes discrepan.
Pero hay algo todavía más grave. Nadie está obligando a nadie a ir a los toros. Los aficionados de El Quiebro tampoco han pedido a sus vecinos que compartan su afición, sólo han trabajado y pagado de su bolsillo para organizar unos festejos a los que puede acudir libremente quien quiera y, por fortuna, con una extraordinaria respuesta de público.
Por eso sorprende que quien ha ejercido como directora de un centro educativo pretenda decir a otros ciudadanos dónde no deben estar y qué no deben apoyar. Una cosa es educar y otra adoctrinar; una cosa es expresar una opinión y otra utilizar una posición de influencia para intentar condicionar las decisiones de los demás.
La Pobla Llarga ha recuperado sus toros. No todos tienen por qué celebrarlo. Pero todos deberían ser capaces de aceptar que otros sí quieran hacerlo. Porque la libertad no consiste en conseguir que desaparezca aquello que no nos gusta. Consiste, precisamente, en poder convivir con ello de forma cívica, educada y respetuosa.









