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Hace tiempo que se confundieron conceptos. Hoy parece que una gran faena deba medirse por los minutos que dura y no por la emoción que transmite. Mientras el primer aviso se ha convertido en un invitado habitual, el toreo corre el riesgo de sacrificar la intensidad en favor de un metraje excesivo. Porque cuando una obra necesita alargarse para convencer, quizá el problema no sea el reloj, sino la propia faena.

Cuando llegamos casi al ecuador de la temporada, y en unos tiempos en los que prima la antelación y las prisas por dar a conocer y presentar carteles y ferias, hay plazas que, a estas alturas, todavía no tienen claro qué va a ser de ellas ni quien, definitivamente, será el empresario que las dirija y gestione.

Era José Luis título, pero distinto al que creía la mayoría;propietario de un hierro que da nombre a un famoso encaste, de él no provenían sus toros; sevillanísimo, era madrileño; se apellidaba García de Samaniego y Queralt,no Albaserrada como le llamaron muchos. Y este artículo no es obituario, sino alegre recuerdo. Aclaremos.

Pasada ya la locura de San Isidro, con las masas casi asaltando las taquillas -clásicas y virtuales- de Las Ventas, fenómeno que va a más y que no se había producido nunca. ¿Inexplicable?. Se han dado varias explicaciones y alguna será la verdadera porque la masa pagaba las entradas más caras que hace años incluso con algunos carteles que tenían poquísimo interés.

Hay plazas que se explican por su toro o su exigencia, y hay otras que también se entienden a través de sus pequeños rituales. En Alicante, basta escuchar los primeros compases de “A la llum de les Fogueres” para recordar que cada feria tiene su propia personalidad y que el toreo también se vive desde el arraigo, la emoción y la alegría de una afición que celebra sus fiestas.

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