Su aparición causó sorpresa. Una cierta indiferencia en un primer momento, cuando buscaba abrirse paso en el tan difícil mundo de los maletillas y rindió a todo el mundo cuando, por fin, logró alcanzar la meta que se había propuesto y la gente se volvía loca con lo que hacía. Manuel Benítez “El Cordobés”, que acaba de cumplir 90 años, fue un caso y se le sigue recordando como un fenómeno.
Pocos habrían apostado por él -de hecho no lo hizo nadie- cuando vio que la única salida del mundo de miseria y hambre al que parecía condenado era el toreo. Y se echó a los caminos. Y a las dehesas, que visitaba de día y de noche en busca de dar algún capotazo o un muletazo. Él sabrá las penurias que pasó en aquellos años cuando era un desconocido, un paria al que nadie hacía caso y que hasta tenía mala suerte cuando se tiraba como espontáneo en esta o aquella plaza.
Pero la constancia, el sacrificio, la fe en uno mismo, el no desfallecer, el seguir siempre hacia adelante suele tener recompensa y él la tuvo cuando El Pipo se percató de su potencial. Y Rafael Sánchez, hijo de un comerciante de mariscos, compañero y amigo en el colegio Salesianos de Manuel Rodríguez “Manolete”, al que siguió como aficionado de plaza en plaza cuando comenzó a destacar, no sólo le echó una mano: le montó una campaña publicitaria que le sirvió para ser conocido en toda España y, siendo todavía novillero, le convirtió en un ídolo de masas. Sabía que contaba con una figura excepcional del toreo y supo sacar rendimiento de aquel filón.
Su poderosa imaginación creó en torno al diestro cordobés una leyenda tan novedosa y pintoresca, tan perfectamente concebida para el momento social del país, que produjo una rentabilidad nunca conocida en el mundo de los toros, haciendo millonario a aquel desharrapado, ladrón de gallinas y salteador de ganaderías antes de que tomase la alternativa.
Y cuando la tomó, en 1963, ya era la gran sensación del mundo taurino. Todo el mundo quería verle y dicen que, como en tiempos de Manolete, se empeñaban los colchones para poder ir a la plaza cuando se anunciaba. Una locura. Que aumentó exponencialmente a raiz de la cogida sufrida el día de su confirmación en Las Ventas. Una cornada que le pudo costar la vida asentó definitivamente su fama y condición de figura. La suerte ya estaba decididamente de su parte y pagaba muy generosamente la deuda contraída con aquel infeliz que, sin oficio ni beneficio, pateaba sin fortuna los polvorientos caminos que llevaban a la gloria.
Pero si el público estaba loco con él, la crítica, en cambio, le machacaba. Que si no sabía torear, que si era un payaso, que si parecía un torero bufo, que lo que hacía era una vergüenza y un descrédito para el toreo eterno… sí, sí, pero llenaba las plazas a diario, le ganaba la partida cada tarde a los clásicos y hasta los principales empresarios del momento fueron de rodillas a pedirle que no se retirase cuando un buen día dijo que se quitaba. Tras consultarlo con la almohada -que luego subastó entre aquellos empresarios y se la terminó quedando él como recuerdo…- accedió a seguir toreando… eso sí, cobrando todavía más. Un artista. El último torero que de verdad ha mandado en el negocio.
Lo ví en directo por primera vez en la feria de Albacete de 1965 y aunque mi padre me decía que los que de verdad toreaban bien eran Paco Camino y El Viti, a mí el que me entusiasmaba era El Cordobés. Chalao, le decían algunos. Pero de chalao no tenía ni un pelo y eso que gastaba melena. También mi padre, que le llamaba “El Cuerdobés”, me dijo un día, cuando le pregunté por ese particular, “Benítez no es ningún chalao y sabe muy bien lo que se hace”. Vaya si lo sabía. Y no sólo en el ruedo. Fuera también demostró tener una inteligencia natural privilegiada y una cabeza en su sitio, invirtiendo con sentido y tino.
Casi un siglo después de su nacimiento y más de medio desde que se retiró por primera vez, su recuerdo sigue siendo brillante y esplendoroso y su presencia irresistible. Genio y figura.






