Ortega Cano se ha cortado la coleta de torero, una vez más, en señal de despedida de los ruedos. No es la primera vez que lo hace, aunque ahora suponemos que ésta será la retirada definitiva, pues son varias las circunstancias, principalmente la edad y algún problemilla de salud -concretamente coronario- , las que aconsejan que así sea.

Desde luego, no se puede decir que este 2017 que ya enfila hacia su último tercio haya sido amable, por ceñirnos a este sector y no extendernos en general, con la torería. Dámaso González ha sido el último a quien se nos ha arrebatado.

Era la persona más querida en Albacete. La frase es de mi colega y amigo  Pedro Piqueras, paisano del inmenso torero, presente en su tierra el día del adiós. Con esta sentencia, verdad pura, fin del artículo. Titular definitivo. Completo, exhaustivo. ¿Qué decir más? Sobran explicaciones. Está todo claro. ¿Para qué seguir? Hay que ser alguien grande, grande, grande, para convertirse en  el más querido en una población de muchos habitantes, capital que añoro de provincias porque la quiero. Pasé de joven veranos y ferias y allí me consolidé como aficionado.

Que la bandera es la encarnación, no del sentimiento, sino de la historia es algo que parece que muchos o han olvidado o, peor, no saben. La frase no es mía, que más quisiera, sino del que fuera presidente de los USA Woodrow Wilson y que, además, fue distinguido con el Premio Nobel de la Paz en 1919, por sus aportaciones para la creación de la Sociedad de Naciones y su talante conciliador y tolerante.

Escribía hace una semana mi admirada Carmen Rigalt: "No conozco a casi ningún periodista que disfrute dedicándose al manoseado género de las necrológicas. Aunque, haberlos haylos... La muerte de los demás nos coge, normalmente, con la persiana bajada. Pero la propia, siempre nos pilla por sorpresa, y desprevenidos...".

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