Era la persona más querida en Albacete. La frase es de mi colega y amigo Pedro Piqueras, paisano del inmenso torero, presente en su tierra el día del adiós. Con esta sentencia, verdad pura, fin del artículo. Titular definitivo. Completo, exhaustivo. ¿Qué decir más? Sobran explicaciones. Está todo claro. ¿Para qué seguir?
Hay que ser alguien grande, grande, grande, para convertirse en el más querido en una población de muchos habitantes, capital que añoro de provincias porque la quiero. Pasé de joven veranos y ferias y allí me consolidé como aficionado.
Dámaso o Damaso, sin acento en la primera a, como le llamaban algunos paisanos, el más querido, el que más. La grandeza de Dámaso durante toda su vida se ha convertido en grandeza suprema, inmensa, tras su muerte. ¿Por qué?. Porque fue absolutamente fiel a su Albacete. Allí estuvo y vivió toda su vida. Sin cambios ni alejamientos, como Pedrés. Por eso, Dámaso era Albacete y por supuesto Albacete era Dámaso. Puro Albacete. Sentimiento indisoluble hasta la muerte.
Cómo lo quería todo el mundo. Me acabo de enterar que el abuelo de Pablo Aguado, que tomará la alternativa el próximo 23 en Sevilla en la Feria de San Miguel, cuando estuvo destinado en Albacete le puso a dos piezas de caza los siguientes nombres : a uno, Dámaso y al otro, González. Tal era el cariño e impacto que surgía de su trato.
Por eso no hay que explicar la inmensa manifestación de amor y admiración a Dámaso en su Albacete (tanatorio y paseo por las calles hasta la plaza con muchísimo gente del pueblo y traslado a la catedral abarrotada).
Una manifestación que no se recordaba ni tras la muerte en accidente de aviación de Chicuelo II cuando iba a la temporada americana.
Viví muy de niño el Albacete alborotado y contento –taurinísimo- de los tiempos de la pareja Pedrés-Juan Montero, con Chicuelo de tercer hombre importante, con partidarios muy enfrentados de cada uno de ellos mientras que desde la radio el cantante del momento, Antonio Molina, repetía desde la radio con su voz tan peculiar “Yo quiero ser matador, como El Guerra, José y Vicente Pastor…” Y sonaban muchísimo los pasodobles : “Pedro Martínez Pedrés, el diestro maravilloso”… y el “Juan Montero, ay Juan Montero, que brillas sobre la arena…”
Ambientazo, sí, pero no tanto, supongo, que las apoteosis damasistas de sus septiembres feriales de su época dorada. Nunca vi un pueblo tan entregado a su torero. En la vida.
Igual que después. Retirado y querido por todos. Un caso. Ahora, muerto, se ha reproducido y multiplicado ese cariño.
He visto a todos los toreros en los últimos 60 años y tú estás, Dámaso, entre los 6 u 8 mejores.
Y no he visto más valientes que Diego Puerta y tú. Ni grandes cornadas ni fuertes contratiempos pudieron con vosotros. Y más valientes que nunca hasta el último día.
Te lo dije y me sonreías generosamente pero tus ojos parecían decirme que exageraba. Pues no. Fuiste el torero que más tiempo estuvo en la cara del toro sin importarle. Allí más tiempo que nadie y cuando paseabas entre series era para que respirara el toro, no para respirar tú. Vaya fuelle.
En Alicante, en tu alternativa, con Miguelín y Paquirri nada menos, los toros no pararon de cogerte y lanzarte por los aires por tu poco peso, diez, quince, veinte veces o más. Y tu frágil figura se levantaba como un muñeco de dibujos animados y se ponía cada vez más cerca. Un espectáculo.
Valiente hasta el extremo, templó como nadie. Pero le faltó figura y sobre todo estética. Esa camisa siempre desabrochada y el corbatín que no se sabia dónde estaba, como si tuviera vida, moviéndose tras la nuca o en el hombro. Con más elegancia personal, habría brillado muchísimo más.
Valiente, templado y…cambiando el toreo. En la línea de Manolete, cercó las distancias, y las cercanías y le enseñó a Paco Ojeda que lo puliera y perfeccionara. Y del nuevo toreo nacieron unos cuantos como Castella, Perera y José Tomás. O sea un constructor de novedades y revoluciones.
Carrera nada fácil sino muy dura, que superaste siempre. Muchos años en las grandes ferias, entre los mejores porque eras uno de ellos, pero te relegaron un tiempo a las corridas duras en carteles de menor fuste y pudiste con todo. Y hasta convenciste. Tal era tu fuerza y tu poder.
Al principio, en Madrid, te contaban los muletazos. Una tortura alentada por Alfonso Navalón, tu martirio. Y ya ves, el día que fuiste enterrado, el 27, cuando todos te cantaban y admiraban con justicia, fue él día que él murió, otro 27 de agosto. Lo que es la vida y las vueltas que da.
Intentó amargarte pero arrasaste y al final de tu carrera convenciste a todos. A todos. Hasta a él.
Te seguí y te admiré mucho. Estás entre los tres o cuatro toreros que yo hubiera querido ser. Los míos, los de mi personalidad.
Tan grande humanamente que afirmabas convencido que tu tiempo más feliz era cuando -capa o maletilla- ibas a las capeas y soñabas por los caminos, conocido entonces como el lechero y después como Curro de Alba.
Se nos fue de forma sorprendente, inesperada, temprana y cruel. Y su muerte tendría que haber sido de viejo y sin enfermedad. Pero Dios es Dios y su Voluntad se lleva a los mejores y a los más queridos.
Todos te recordaremos pero especialmente los de Asprona y el Cotolengo.Qué manera de entregarles tu corazón.
Lo de su entierro fue asombroso. Ponce se fue de Bilbao a Albacete y de ahí a Linares donde toreaba por la tarde. Como muchísimos de los matadores que asistieron y que esa misma tarde tenían toros (Perera, El Juli, Ureña, López Simón, Capea y un largo etc) y los que no (el operado Manzanares con su collarín, Niño de la Capea, Espartaco, el retirado el día anterior Ortega Cano, El Soro, Manuel Caballero, Pepín Liria). Todo tremendo y espectacular.
Los albaceteños, ese pueblo ejemplar que salió a la calle para que vean todos la fuerza que tiene el toreo, lo tendrán siempre frente a la plaza de toros en ese monumento tan justo para un paisano tan ejemplar.
Torero inmenso y ser humano de los que nacen pocos. Todos han resaltado más sus virtudes como persona que como profesional.
¡Cómo sería! Lo dijo Piqueras y acabó con el cuadro. El más querido de Albacete.









