Tras el pobre de mí, con las fiestas de San Fermín ya para el recuerdo y con la sensación de vacío y desolación que deja la ausencia de la feria de julio de Valencia, raro es el día que no se anuncian carteles para el resto de una temporada que ya pronto comenzará a ver desde la cima el largo y sinuoso descenso hasta los últimos días de octubre.

Hay imágenes que no necesitan más que una mirada para revelarlo todo. No hablan, pero cuentan. No se mueven, pero conmueven. Y cuando el retrato que se nos ofrece es el de los hermanos Gómez Ortega, no estamos ante una simple fotografía, estamos ante un umbral que nos conduce a una de las etapas más fecundas, apasionantes y determinantes de la historia de la tauromaquia.

Cada plaza de toros debe tener su personalidad, su idiosincrasia, su manera de entender y de vivir la corrida. Pamplona debe seguir siendo Pamplona, distinta a todas, alegre y desvergonzada siempre, mucha veces desconsiderada y hasta impertinente, tan lejos del rito, de la atención y del respeto que la convierten en algo diferente. Y no pasa nada, pero quienes sentimos esto de otra manera no lo podemos justificar como si fuese lo más oportuno.

Sigue brillante la temporada. Con un ilusionante MORANTE, lo nunca visto, que dejó atrás estar inquietante para convertirse nada menos que en ilusionante. Le esperan en toda ESPAÑA. Como hacía tiempo que a ningún torero. Con  una MORANTITIS que va a más. En PAMPLONA, sin nada extraordinario, salió a hombros. Y ya lleva SEVILLA, MADRID y PAMPLONA. Le falta BILBAO para completar el ciclo.

No se puede decir que el comienzo del verano no esté siendo movidito -en realidad los temblores, con cada vez más probabilidad de que deriven en terremoto, se notan desde hace mucho tiempo...-. Y si en el ruedo hay abundantes notas de interés y brillo, fuera hay gente que quiere hacerse notar.

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