Los aficionados a los toros creemos que el resto de congéneres tienen una mínima noción sobre la tauromaquia. Pero no es así. Basta con sacar el tema en una reunión social para comprobar cómo la ignorancia supina en materia taurina campa a sus anchas. Ni idea de que acaba de dar inicio la feria de Abril, ni la mínima sospecha de que Castella es francés o de que Morante toreó el Domingo de Resurrección. Sin retransmisiones ni información en la televisión estatal en abierto, el gran escaparate y altavoz taurómaco se pierden.

Una de las notas positivas de la última feria fallera fue, sin duda, el aumento de asistencia a la plaza. Y de ese público que acudió no fue despreciable la cantidad de gente joven que ocupó los tendidos del coso de Monleón, dando un barniz  optimista al futuro de un espectáculo que deben preservar y fortalecer.

Se acabó una época en la que llenaba la feria de Sevilla. Ella sola. Había muchos visitantes. Bastantes querían ir a los toros. Daba igual el cartel. Lo importante era sentarse en la Maestranza y ver una corrida de toros. Por eso la empresa sufría teniendo que poner carteles buenos y caros cuando el lleno estaba asegurado. La feria.

Morante comenzó la temporada y se le vio alicaído. Alegó malestar anímico y se “quitó” de varias plazas donde estaba anunciado. Después de dos semanas de reposo volvió a hacer el paseíllo el Domingo de Resurrección en Sevilla, una fecha emblemática que no podía perderse, quizá por eso hizo el esfuerzo. Pero las cosas de la mente no se curan en 15 días.

Durante diez días Valencia vivió sus fiestas falleras, en las que la música, la pólvora y la gente prepararon el camino al fuego purificador. También en el coso de Monleón hubo color, ambiente y abundantes notas de interés, muchas de las cuales no deben desaparecer sin rastro como el humo que acabó con las fallas.

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