Aunque lo de Cataluña y sus independentistas haga creer que no hay vida más allá de sus milongas, la vida sigue, se extinguirá este incendio y otros volverán a poner nuestra alma -frágil y pecadora- en vilo. El artículo de Antonio Lorca, verbigracia, que ya ha puesto a cavilar a profesionales y aficionados. Especialmente a los aficionados, aquellos tienen el cuero grueso y curtido y les afecta poco. Y eso que ya venía avisándolo: hace unos años, en agosto de 2016, ya publicó otro en parecidos términos y similar contenido.
El toreo tiene magia y hermosura para dar y tomar; sin embargo, no es fácil encontrar quien lo proyecte, y anda necesitado de exhibir ese glamour, un potencial si no oculto, latente y mal aprovechado.
Los nuevos gustos que se han instalado entre las preferencias de ocio, la actual corriente social que pretende una igualdad y paridad demagógica, y el populismo barato de demasiados políticos cobardes, impedirán cualquier atisbo de resurgimiento del toreo cómico, que acaba de perder a Paco Arévalo, sin duda el último gran referente de este tipo de espectáculos otrora brillante.
Hace unos días, Felpe VI, Rey de España por la gracia de Dios y de los españoles -que así lo quisieron aprobando una Constitución que reconoce y consagra a la Monarquía como organización política del Gobierno de nuestro país-, entregó en Málaga, a El Juli y a otros varios destacados artistas, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.
La temporada americana ha sido escenario de muchos mano a mano de mermelada.
A pesar de las fundadas quejas del sector taurino, últimamente la tauromaquia está recibiendo más elogios de lo que puede parecer. La concesión de la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes es un ejemplo de ello, los premios de la Asociación Taurina Parlamentaria otro, incluso la rebaja del impuesto del IVA podría considerarse uno más. Pero, ¿se le saca el rédito conveniente a todos estos honores?






