Hace unos días, Felpe VI, Rey de España por la gracia de Dios y de los españoles -que así lo quisieron aprobando una Constitución que reconoce y consagra a la Monarquía como organización política del Gobierno de nuestro país-, entregó en Málaga, a El Juli y a otros varios destacados artistas, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes.
Que este tan importante galardón tenga un apartado de Tauromaquia es ya de por sí algo muy a tener en cuenta y que reconoce, de manera explícita, la importancia y trascendencia de este arte y su reconocimiento como tal. Al margen de su arraigo en nuestro sociedad, algo que debería ser indudable para alguien con un par de dedos de frente y conocimientos básicos de historia. Que no siempre es el caso, desgraciadamente.
Y en aquel acto del Centro Pompidou Su Majestad declaró que “El arte definitivamente nos acerca”, dejando claro que todas y cada una de las distintas disciplinas que tuvieron representante distinguido son nexo de unión de los españoles, algo que mucho cenutrio sigue empeñado en negar.
Entre los 21 galardonados estaban el coreógrafo Rafael Amargo, el diseñador de moda Lorenzo Caprile -otro enamorado de la fiesta nacional-, el chef Pedro Subijana, el guitarrista José Fernández Torres “Tomatito”, la directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, Helena Pimenta, la cantante Gloria Estefan y los actores José Coronado, Ricardo Darín y Magüi Mira. Y, naturalmente, el torero Julián López Escobar “El Juli”, el penúltimo diestro distinguido con este premio que comenzó a entregarse en 1970 y que se concedió por primera vez a un matador de toros en 1996, en la persona de Antonio Ordóñez, siendo el último, a título póstumo, el gran Dámaso González.
“El arte nos hace más libres, al tiempo que la cultura nos debe hacer más fuertes como sociedad, como sabemos bien los españoles, que sumamos tantos siglos de historia compartida y tan larga tradición de trayectoria artística y cultural en común, dentro de la diversidad que también caracteriza a nuestro país”, argumentó el monarca, que también aclaró que “Con vuestra labor artística, cada uno de vosotros contribuís a la formación de esa historia común, la de la cultura española, y hacéis de nuestra sociedad un hábitat de libertad, de diversidad, de belleza compartida”. Algo que debería ser advertido por los intransigentes excluyentes, que no aceptan lo que a ellos no les gusta.
Mensaje claro, pienso, aunque ante tanto idiota suelto como pulula ahora mismo por ahí, hubiera sido muy de agradecer que se hubiese dejado caer, o haberlo dicho claramente, haciendo referencia a la distinción otorgada al torero madrileño, que la tauromaquia era una manifestación más de nuestra cultura, por ejemplo. Aunque, tal y como está el patio, y con la maldita dictadura de lo políticamente correcto -otra herencia zapateril, origen de nuestros más recientes males- a lo mejor es preferible recurrir al mensaje subliminal y no levantar más polémica, que es lo que buscan y pretenden estos agitadores prohibicionistas.
No se puede decir que nuestro Rey, al contrario que su bisabuelo, abuela, su padre o su hermana, por ejemplo, sea un gran aficionado. Ni siquiera aficionado, pero cuando ha habido que dar la cara la ha dado y ha acudido a los toros en calidad de lo que es, nuestra más alta representación institucional y que, volviendo a lo de Málaga, aseguró que “el arte definitivamente nos acerca”, elogiando la creatividad y el esfuerzo de todos los galardonados, a quienes trasladó “el agradecimiento conjunto de toda España”. Toda. Palabra de Rey.









