Cuando para que la edición de 2026 de San Isidro eche el cierre y sea ya historia falta sólo el colofón y estrambote de la Corrida de Beneficencia -antaño reservada para los triunfadores del ciclo isidril o para algún ausente del mismo que buscase reivindicarse-, muchas son las cosas que hasta ahora han sucedido en este serial que se quiere como el más importante del calendario.
El más raro de su historia que no deja impasible a nadie. Para unos, triunfalísimo, histórico, el no va más, único. Para otros, sorprendente, generoso, inesperado. Para otro sector, preocupante por el cariz que ha tomado con tantas puertas grandes y tantas orejas.
La reciente feria de San Isidro ha reavivado el debate sobre el nivel de exigencia de Las Ventas. En un momento en el que algunas decisiones presidenciales y determinados triunfos han generado controversia, conviene recordar que la grandeza de Madrid reside precisamente en su rigor, una seña de identidad imprescindible para preservar el valor y la credibilidad de los éxitos que allí se alcanzan.
Locura en SEVILLA con MORANTE y en MADRID con FERRERA. Nada, pero que nada que ver, una con otra salvo la fidelidad a dos estilos tan dispares, la vestimenta escogida tan especial, el color de los capotes, y -sobre todo- la tauromaquia de ambos. Pero así está esto.
Cuando la, al parecer interminable, feria de San Isidro ya enfila su recta final, no pocas son las notas que van quedando guardadas; unas en la retina, otras en la memoria y otras, muchas, apuntadas en un papel para dejar luego constancia de lo sucedido en este trascendental y destacado serial madrileño que se convierte a lo largo y ancho de un mes en el eje del mundo taurino.
Hay tardes que no se explican. Se sienten. Y hay toreros que no se miden por estadísticas, ni por puertas, ni siquiera por las vueltas al ruedo que da la historia. Hay toreros que pertenecen a otra dimensión, a un territorio donde el tiempo no transcurre, sino que se detiene. Allí habita José Antonio Morante de la Puebla.






