Vaya lío con Gonzalo Caballero en la presentación de la próxima Feria de San Isidro, en la gala que tuvo la semana pasada en el ruedo de Las Ventas –acondicionado para la ocasión con una gran y confortable carpa- con la presencia del mismísimo rey emérito don Juan Carlos y su hija la infanta Elena. Un enredo que no ha dejado a nadie indiferente.
Tras los festejos de la sierra madrileña, los de Ajalvir y Valdemorillo -los más madrugadores y que a modo de calentamiento hacen que se desperece el mundo del toro a esta orilla del Atlántico-, la nueva temporada española ya está en marcha.
No volver a anunciar en una feria a los triunfadores de la edición anterior, en especial cuando se trata de novilleros, es insensible e injusto con el torero, con la tauromaquia y con la afición. El triunfo debe tener premio, si no ¿de qué vale triunfar?
Toreros pesados, muy pesados o pesadísimos es la historia interminable de las corridas larguísimas, plúmbeas, con avisos siempre y series y series tan largas como aburridas y absurdas que no añaden nada como no sea la irritación del tendido que muchas veces grita para que acaben de una vez pero el torero quiere seguir, seguir y seguir. Y sigue. Dicen que los crueles tienen su público. Nunca los pesados. De los pelmazos huye todo el mundo.
El Festival del pasado sábado, 3 de marzo, en Las Rozas, de homenaje a "Morenito de Maracay", que tras cuarenta años en el toreo activo decía adiós a los ruedos españoles, fue un éxito en todos los sentidos.
Si ha servido para animar el cotarro, lo han logrado. La publicidad ha surtido efecto y el cartel con que se ha movido la actuación del grupo norteamericano Metallica en España ha cumplido con creces su función. El famoso grito en la pared se ha dejado oir de nuevo y se ha vuelto a poner de manifiesto que nada como llamar la atención para vender.






