Ángel Peralta Pineda. Todo el dolor del toreo y especialmente de Sevilla por la desaparición de esta figura histórica, que ahora lo dicen todos, muchos de ellos sin explicar por qué.
Hasta ayer, como quien dice, montaba a caballo, haciendo realidad el sobrenombre con el que ya se le conocerá por siempre jamás "El centauro de La Puebla".
La corrida del pasado día 1 de abril en Sevilla, el tradicional festejo del Domingo de Resurrección que tanta expectación había levantado (y que logró que se acabase el papel con alguna antelación), no defraudó. Y no sólo por la triunfal actuación de Roca Rey o por la meritoria faena de Antonio Ferrera a su segundo, premiada con una vuelta al ruedo. También hubo una fuerte ovación para uno de los picadores de José María Manzanares, Paco María, que agarró un buen puyazo, a decir de los expertos presentes, al picar al segundo de la tarde.
Debo confesar, y confieso, que hasta ayer mismo, tenía mis dudas sobre la tauromaquia del diestro peruano Roca Rey. Digo hasta ayer mismo, que fue el acontecimiento en Sevilla, que supone la corrida del domingo de Resurrección.
Casi al mismo tiempo que daba un muy importante paso para acabar de una vez por todas con el tan nefasto “prusés” catalán -mandando a chirona a varios de sus cabecillas que quedaban libres y haciendo que alguna que que otra rata (en sentido figurado, eh) abandonase el barco a la carrera, con nocturnidad y alevosía- la justicia asestaba a la tauromaquia un feo bajonazo que puede hacer mucho daño.
A pesar de que el lamento por la falta de juventud en los toros es perenne, a pesar de la huida que las televisiones en abierto han hecho de las plazas, a pesar de que los abuelos cada vez encuentran menos colaboración para llevar a sus nietos a las corridas y a pesar de que el entendimiento de un festejo taurino requiere un mínimo esfuerzo, la presencia de gente joven en los cosos parece ir en aumento.






