Aunque es normal que haya a quien no guste - y hasta disguste- el espectáculo taurino -a mucha gente tampoco le gusta el fútbol, o echa pestes de la actividad política, por ejemplo: si a todos nos gustase lo mismo tendríamos un muy serio problema-, quien reniegue de la fiesta nacional por sistema es que ni la conoce ni se ha acercado a ella. Y, como dice el magistrado y escritor Mariano Tomás Benítez, no se puede juzgar algo que no se conoce y, mucho menos, condenarlo.

Muchas han sido las imágenes que deja para el recuerdo y la posteridad la presente edición del larguísimo serial isidril, en el  que hubo no pocos triunfos -unos con correspondiente puerta grande, otros sin ella pero no por eso menores-, abundantes notas de interés  y también, como es normal, algunos fracasos. En toros y toreros. Y  hasta en presidentes y responsables de distintos aspectos  organizativos de la feria.

Cuatro hechos han llamado la atención por encima de otros en los últimos festejos venteños: la depreciación del valor de la lidia, el aumento de la tasación del toreo épico, cuanto más dramático mejor, la recuperación de la figura del torero chulo rescatada por Cayetano, y el olvido de Jiménez Fortes para “coger” una sustitución.

Aunque lo visto en el ruedo en los últimos tiempos -para no hacerlo  muy largo: en lo que va de temporada, o, centrando todavía más el  tema, en este San Isidro que no parece tener fin- hace aflorar la  ilusión y la esperanza, con grandes actuaciones de muchos toreros y  muchos toros, también, dando juego y posibilidades, el panorama en  torno al espectáculo taurino, la tan denostada fiesta nacional, no  parece halagüeño ni pinta bien. Demasiados enemigos en contra, muchos  intereses en juego, un gran desconocimiento en quienes atacan y la  proverbial falta de unión del sector hacen que la situación sea complicada.

COLOCA AQUÍ TU PUBLICIDAD

PÍDENOS PRESUPUESTO

PÍDENOS PRESUPUESTO