Hoy no ha sido una tarde más. Ha sido una página dorada en el libro del toreo. Lo vivido en la Corrida de la Beneficencia en Las Ventas ha trascendido el hecho artístico para convertirse en un acontecimiento cultural, social y, por qué no decirlo, casi espiritual. Morante de la Puebla ha saldado su cuenta pendiente con Madrid. Y lo ha hecho a lo grande, como mandan los cánones de los elegidos, saliendo por la Puerta Grande en una de esas tardes que no se olvidan ni se repiten fácilmente.

¿Cuántos negaron a Morante cuando la presidencia no le dio la oreja en las Ventas el 28 de mayo, Corrida bautizada como de la Prensa? Pocos, muy pocos, pero el que más el señor que  presidía el festejo. Con nombre y apellido religiosísimos. Ignacio, por el grande de Loyola, y San Juan para elegir entre el Bautista y el Discípulo Amado. Pues ninguno de los dos  puso  sentido común en el del pañuelo blanco.

La actuación del torero de La Puebla el otro día en Madrid causó impresión. Fue un auténtico acontecimiento. Un suceso. Si no fuese por lo que hay detrás de trabajo, esfuerzo, sacrificio, preparación... se diría que un milagro. De lo que no hay duda es de su consideración como extraordinaria obra de arte.

Después de 20 años sin corridas de toros, después de dos décadas de ostracismo taurino impuesto por políticos totalitarios, Ondara vuelve a anunciar dos festejos mayores. Dos carteles originales e interesantes organizados Joselillo de Colombia, un entusiasta rebelado contra la injusticia y apasionado por revitalizar un coso conocido como “La joya levantina” sin tener en cuenta dificultades ni riesgos. Llenar los tendidos sería la mejor respuesta que pudieran dar los aficionados.

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