¿Cuántos negaron a Morante cuando la presidencia no le dio la oreja en las Ventas el 28 de mayo, Corrida bautizada como de la Prensa? Pocos, muy pocos, pero el que más el señor que presidía el festejo. Con nombre y apellido religiosísimos. Ignacio, por el grande de Loyola, y San Juan para elegir entre el Bautista y el Discípulo Amado. Pues ninguno de los dos puso sentido común en el del pañuelo blanco.

Ricardo Díaz-Manresa
Hechos: había ocurrido algo excepcional, aunque el del palco no lo viera, y la petición era tan “mayoritaria” o más de lo que es común. Hasta hace poco la concesión de trofeos en Madrid tenía por norma conceder la primera oreja si había mayoría, que no hay nunca por cierto porque mayoría, salvo para los comentaristas cobistas, es la mitad más uno de la plaza, por lo que no “cabrían” tantos pañuelos o estaríamos dentro de una montaña nevada.
Además la primera oreja era para una faena completa : lidia, capote, muleta y espada. Completa y perfecta. Con los matices y situaciones que puedan darse.
Y la segunda para algo excepcional. Realmente excepcional.
Y este nivel es así porque no se contempla la concesión del rabo, que se da cada muchísimos años. El último a pie fue a Palomo Linares, protestadísimo airadamente.
Y ¿cómo situamos a Morante en esta normativa? Pues se sale del tiesto como todo lo del de la Puebla. Hubo claros defectos a la hora de la espada y el descabello. E incluso fastidió la tardanza del toro para morir.
O sea, que no hubo perfección desde que salió el toro hasta que murió, pero gran parte de lo visto fue excepcional.
No perfecto a la hora de matar y morir, primera norma no cumplida.
Mayoría de las de ahora. Norma cumplida.
Asistir a algo excepcional. También cumplida
¿Fallar en la primera norma y ser dueño y protagonista de la segunda, que nos lleva a un situación inesperada y sorprendente, no merece una oreja?.
Una de las ilusiones de mi vida, en sueños, es ser presidente de las Ventas. Estoy convencido de que cumpliría la dos normas, perfección y excepción, pero esta oreja la habría dado. Un presidente debe ser aficionado a los toros, entender mucho y defender el espectáculo : se hace siendo justo y nunca injusto o por exceso, o por defecto, como en el caso de Ignacio San Juan. Yo de él, por ignorancia de lo que es torear, insensibilidad para valorarlo o cabeza cuadriculada para agarrarse a las normas, no subiría más al palco. Está negado. Y ha seguido subiendo. Pero tras conseguir algo importante : que los trofeos pierdan valor para otras faenas.
Los cobistas, que mienten como tantos otros, insisten mucho en la mayoría. Y no ven siempre que uno la pide y 5 ó 10, o más no. Pero los pañuelos tapan mucho. Y además se acompañan con griterío para que el presidente ceda. Y algunos agitan pañuelos con las dos manos. Votación engañosa.
Y encima, las mulillas. Decisivas. Tardan en salir. Tardan en llegar. Tardan en preparar al toro para el arrastre… Tardan ¿para qué y por qué?. Para ayudar a dar la oreja -los mulilleros “conceden” muchas- y los motivos ellos los sabrán pero…está claro quiénes son los únicos beneficiados…
Hasta algunos presidentes les piden por la mañana que se den más prisa por la tarde. Ni caso.
Así está esto.









