Indultar un toro parece algo cada vez menos excepcional. El premio reservado para un animal extraordinario ha pasado, con demasiada frecuencia, a concederse al simplemente bueno por su “toreabilidad”. El indulto no debe convertirse en una campaña de márquetin para el ganadero o el torero, o incluso buscando la admiración social, porque el astado al que se le perdona la vida tiene que pasar a ser semental y transmitir sus cualidades a los ejemplares futuros; y eso es un asunto muy serio.

Que la fiesta de los toros es un espectáculo que a nadie deja indiferente es palmario. Que no hay otra manifestación humana que se le acerque en cuanto a intensidad, emoción, estética y autenticidad, también. Ahí están las citas de tantos y tantos genios de muy distintas disciplinas para confirmarlo. Y que genera pasiones y arrebatos a uno y otro lado de la barrera.

El fundador de la primera escuela de tauromaquia moderna del país, la de Zamora, y después de la "Marcial Lalanda" de Madrid, que falleció en 2011, se habría convertido en centenario el 20 de junio, y de sus enseñanzas bebieron toreros como Yiyo, El Juli, Joselito, Fundi, Luis Miguel Encabo o Cristina Sánchez.

Tiempos muertos, tercios que se alargan, faenas eternas. El resultado es, en demasiadas ocasiones, tardes de toros interminables de largo metraje y escasa intensidad. Policía disuasoria a la salida de los toreros por la puerta grande, a veces con la porra en la mano, metiendo los caballos entre la gente y el diestro, empujando como si los aficionados fuesen delincuentes. Alguien que da las órdenes no sabe de qué va esto.

Lo que va de Victorino padre y su hijo a los juampedritos y a las juampedradas. No falla. Los victorinos triunfadores este año, otra vez, en sanisidro y, en cambio, los juampedritos, no. Y  JP tuvo dos oportunidades: el día del bonito mano a mano sevillano, que se lo cargó, entre Juan Ortega y Pablo Aguado, y la tarde de la puerta grande de Morante, a punto de cargársela.

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