Los tenistas no se besan ni abrazan antes de salir a la cancha. No se miran a la cara. Cada partido parece una película de Rocky Balboa, y una vez finalizado todos amigos. Veo a Rafa Nadal y siento envidia de la emoción y transmisión que despiden sus encuentros. Porque eso es precisamente lo que necesita la tauromaquia, emoción y transmisión. Quizá sobren besos en los patios de cuadrillas y falte más rivalidad (en general, por supuesto).

Sigue siendo motivo de comentarios y generando polémica el comportamiento de los toros de Juan Pedro Domecq, ganadería de no poco prestigio que en los últimos tiempos está en el ojo del huracán y en boca de los aficionados, no siempre para bien.

Pues en Sevilla como en Madrid hay un mano a mano y  corrida de único espada por lo que volverán  los sobresalientes esas 4 tardes como hace poco ÁLVARO DE LA CALLE en LAS VENTAS. Y espero que sólo hagan el paseíllo o un quite. No más cornadas o accidentes.

Muy posiblemente el mundo actual, que cotiza la inmediatez y huye del esfuerzo y del tiempo que requiere lo excelso, no valoraría en su justa medida a un mito del calibre de Curro Romero. Personalmente echo en falta ídolos como él, capaces de arrastrar masas tras su doctrina diferente y su misterio único, de devolver al torero su condición de héroe admirado y de artista especial, de poner a la tauromaquia en un puesto cimero en la sociedad.

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