En el arte del toreo imperan las estadísticas, y en especial en el escalafón de novilleros donde las fichas se imponen a las crónicas. O puntúas o te quedas en casa. Hoy se torea mejor que nunca, sobre todo a edades muy tempranas, pero ahora hay chavales que cortan un rabo y al momento no te acuerdas de nada de lo que han hecho, no dejan huella.

Durante bastante tiempo, y sobre todo en la plaza de toros de Madrid, se censuraba mucho a los toreros que metían el pico. Es decir, que no presentaban la muleta plana, sino oblicua y además citaban con el extremo de esa  muleta, con el pico, para echarse al toro para fuera y aminorar el riesgo y la verdad del toreo.

Los resultados de la última jornada electoral, en su ámbito municipal, autonómico y europeo, han dejado sensaciones  contrapuestas para los aficionados, que no acaban de ver claro que nadie, pasado el turno de promesas y te quieros para siempre, se acuerde ya del espectáculo taurino.

El toreo, como todo arte, debe surgir de forma espontánea, sincera y natural. La técnica para ejecutarlo es necesaria, pero debe quedar tapada tras el sentimiento y la inspiración del torero, un héroe que nunca ha de desprenderse del carácter imperfecto del ser humano, lo que le dará mayor tinte heroico a cuanto realice ante el toro.

Va a más. Todo el mundo se eterniza en la faena de muleta. Casi todos oyen avisos. Y al público de ahora le importa un pito. El de antes lo consideraba como una falta, como un error, como una ineptitud. Ay, pero los tiempos cambian y ya nada es lo que era.

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