Empieza a ser habitual regalar orejas en Sevilla y Madrid y no digamos ya en otras plazas. No en otras, sino en todas las demás de la geografía española.
Ricardo Díaz-Manresa
El pueblo se ha vuelto tan generoso como incompetente y saca el pañuelo y grita como si le hubieran cogidos los dedos en una puerta. Todo su deseo es salirse con la suya, aunque no haya sido una faena para tanto, aunque la espada haya caído baja, aunque las series de muletazos hayan sido intermitentes, o irregulares, o uno sí y otro no, o lo que sea. Yo saco el pañuelo y pido la oreja, parecen decir, y usted me la da.
¿Y el presidente? Pues va y la da. ¡Hay que dar la primera, que es del público! Braman los legalistas. ¡Siempre gritan los de la tele que hay mayoría absoluta por supuesto, unanimidad nada menos, clamor a raudales, méritos sobrados! Pues hay que darle la segunda…Pero la segunda es del presidente, pero los legalistas dicen lo contrario que al referirse a la primera…Es igual. Siguen bramando que se la ha merecido.
He comprobado en Sevilla y Madrid, más todavía en Las Ventas, que está bajando mucho el criterio para dar trofeos entre los presidentes. De seguir así, caerán los rabos como moscas. O no tanto, pero caerán.
¿Es tan peligroso? En la España actual no pasa nada aunque se hagan auténticas barbaridades. Es más : se prueban. Y lo de dar trofeos no es tan grave. Muchos de los actuales aficionados han visto premiar faenas con dos orejas, rabo…y una pata.
¡Y hasta dos patas! Y todo seguía su curso. Y pasó la moda, muy poco estética. Y seguimos viviendo. Que no se angustie nadie.
Otra moda fue en Las Ventas no permitir a torero alguno dar ni una manoletina y, en cambio, ahora, y ya llevamos un tiempo, el ruedo se llena de manoletinas y bernadinas, bien coreadas por el nuevo público, que hasta da orejas por ellas, si el toro cae pronto, esté arriba o abajo la espada. Es lo de menos.
Es muy difícil educar al público para que sepa lo que está viendo. Y además tiene multiplicada la libertad absoluta de criterio. Aceptemos que eso no hay quien lo cambie.
Pero entre los presidentes es mucho más fácil y razonable. No dejar sentarse en el palco a nadie que no esté preparado, tenga una gran afición y sepa estar.
No se trata de ser duro o blanco, sino de hacer justicia.
Pero esto seguramente es lo más difícil del mundo.









