Indigna, una vez más, que desde las más altas instancias de nuestro gobierno se haga de menos y desprecie a la tauromaquia. Y también causa alarma, y más que debería hacerlo, cuando ese menosprecio viene de quien, en teoría -ya se está viendo que en la realidad no es así-, tendría que, al menos por su cargo, defender lo español. Por no hablar de las formas con que, además, lo hace: con profundo asco y como escupiendo las palabras.
El mejor argumento para que la tauromaquia perdure son plazas llenas un día sí y otro también. Y para ello sólo existe un ingrediente: la emoción. Tras el paso del coronavirus será necesario reinventarse, renovar sin perder la esencia, ganar casta y capacidad de sorpresa. Si eso se consigue no habrá vicepresidente que pueda con los toros. Pero si no se logra, no harán falta antitaurinos para que todo quede en un vestigio del pasado.
Qué alegría. Han despertado. Lo celebro como el que más. Quiero a los toros como a mi familia y les he dedicado atención cada uno de los días de toda mi vida. Como aficionado o como profesional del periodismo. Todos los días. Y desde mi más tierna infancia, desde la más tierna. De la mano de mis padres, los dos muy aficionados, que me llevaban a los toros. Soñando con el toreo. Pensando en él. Desde niño, joven, adulto, maduro etc. Siempre.
Aunque era ya notorio y abundante el catálogo de tontos, la emergencia sanitaria está sirviendo de abono para que broten nuevos y espectaculares casos.
Estamos en San Isidro. Sin toros, pero en San Isidro. No hay toros en la primera plaza del mundo. Primera sí, todavía, pese a los pesares. Pero sí puede haber toros en las plazas del periodismo. Y tampoco hay muchos que digamos.
Tanto arraigo tuvo el menor de los Gallo en Valencia que destacadas personalidades de la cultura y vida social de la ciudad del Turia fundaron una peña con el torero de Gelves como santo y seña.






