Está claro que queréis prohibir los toros, queridos presidente que nunca miente y Coletas, pero no os atrevéis (todavía) y lo tapáis poniendo trabas sin fin, normas de imposible cumplimiento, pero vuestra política es acabar con todo lo que no os gusta. (Espero que la democracia o el dejar que vote el pueblo sí).
Poco a poco, mucho más lentamente de lo que a todos nos gustaría y casi todos desearíamos, la epidemia provocada por el coronavirus se va, al menos, controlando y permitiendo que la vida, en la medida de lo posible, vuelva a tener algo de la normalidad perdida.
Comenzar a organizar corridas de toros no debe convertirse en una competición por ver quién es el primero que lo hace. Todo lo contrario. En los momentos que vivimos, anunciar un festejo debe ser el resultado de un análisis pormenorizado de pros y contras que indique que hay garantías de que el público irá sin recelos, que el precio de las estradas se adaptará a su capacidad económica y que la ley permite que el aforo se podrá ocupar en un porcentaje realmente significativo.
Aunque oscurecido por el coronavirus y sus secuelas, es este año redondo y dado a recordar no pocas efemérides y momentos importantes en la historia de la tauromaquia. En marzo hizo tres décadas que tomó la alternativa Ponce, en abril se celebraba el sesenta aniversario del doctorado de Camino; hace un par de semanas el centenario de la muerte de Gallito y anteayer como quien dice, el 24 de mayo, se cumplió medio siglo del debut con picadores de uno de los toreros mas artista de la historia. José María Dols Abellán. Manzanares.
Andalucía propone rebajar el número de subalternos por festejo con el ánimo de abaratar costes de organización mientras dure la crisis del Covid-19. Sin duda los gastos se reducirían, del mismo modo que una cantidad significativa de profesionales pasaría a engrosar la lista del paro. Complicada solución que debería pasar por aumentar las ayudas, moderar los cánones de arrendamiento de los cosos y recortar las cargas impositivas de los espectáculos.
Qué pena tener a un Ministro de Cultura que clasifica ésta según sus gustos personales, y sobre todo, aceptando ser marioneta de sus jefes limitándose a cumplir con lo que le mandan para no crear polémica y así poder mantenerse en el sillón, aunque deje al descubierto su desconocimiento en Cultura y sus principios básicos.






