Como el resto del pueblo español. Como también casi todos los países del globo. El mundo taurino no podía ser menos. La locura no sé si es leve, normalita o grave. Que cada uno opine. Me limitaré a reflejar los hechos.
En la pasada feria de Fallas de Valencia, la polémica volvió a erigirse en protagonista de una tarde que debía ser de toros y acabó convertida en debate. La negativa a conceder una oreja reabrió la cuestión del criterio presidencial, la coherencia en la concesión de trofeos y el papel de una afición cada vez más heterogénea.
Todavía, supongo, no hay psiquiatras para lo de ZARAGOZA. Se anula la licitación y no habrá feria de SAN JORGE salvo que los políticos socialistas admitan la solicitud de dejar la plaza para el día del santo a EL TATO, dispuesto a montar una goyesca en esa fecha tan señalada con cartel totalmente maño. Y ahora a esperar el permiso y a esperar también que estos políticos “muy defensores del pueblo” acepten la oferta.
Ha sido uno de los grandes éxitos de los últimos tiempos y se ha confirmado con la concesión de un Goya, la versión española de los Oscar, y el reconocimiento de un sector declaradamente hostil a la cosa taurina. Pero Tardes de soledad excede a una consideración estrictamente temática y acerca al mundo la realidad del mayor espectáculo que existe hoy sobre la faz de la tierra: el toreo.
En Atarfe se celebró recientemente un espectáculo taurino para reivindicar una vez más la declarada y repetida unión más absoluta entre toros y flamenco. Y, para refrendarlo, todas las actuaciones de los espadas estuvieron amenizadas por un cantaor.
Para que una faena cale de verdad en los tendidos necesita ritmo, intensidad y una actitud de entrega absoluta. Cuando el torero logra imprimir cadencia a la lidia y hacerla crecer en emoción, el público se ve arrastrado a la conmoción.






