Ha sido uno de los grandes éxitos de los últimos tiempos y se ha confirmado con la concesión de un Goya, la versión española de los Oscar, y el reconocimiento de un sector declaradamente hostil a la cosa taurina. Pero Tardes de soledad excede a una consideración estrictamente temática y acerca al mundo la realidad del mayor espectáculo que existe hoy sobre la faz de la tierra: el toreo.
Paco Delgado
Albert Serra ha logrado algo que no es fácil: que el artisteo, burbuja selectiva, excluyente y endogámica, producto de la subvención a mansalva, el amiguismo y el compadreo con el poder, le haya reconocido con uno de los premios más prestigiosos del cine nacional si se abstrae uno de las connotaciones que definen y contornean el perfil de quien lo concede.
Su obra, distinguida como la mejor película documental del año, ni es película ni documental; es un documento, tremendo, impactante, demoledor y extraordinario que refleja bien a las claras lo que sucede entre los protagonistas de uno de los ritos más antiguos y verdaderos de la humanidad. Y hace honor a su título, no en vano la soledad del torero, antes, durante y después de su enfrentamiento a vida o muerte, impacta y refleja la dureza de la profesión y lo a la ligera que la tomamos.
Pero también esa soledad de su cabecera se aplica al otro gran e imprescindible protagonista de este duelo: el toro. Las miradas de los ejemplares que aparecen en la cinta, captadas desde ángulos nunca antes tomados en consideración, esa mirada que deja traslucir a lo que se enfrenta y cuál es su más que probable destino, permite detectar y descubrir que también es un héroe, puede que más, pues sabe que la muerte es su horizonte más inmediato e ineludible y a ella se enfrenta con un valor y coraje que los animalistas deberían admirar y del que sentirse tan orgullosos como su propio criador y, aunque a veces no lo parezca, quien acaba confirmando esa consideración, su matador.
La consecución de este galardón, sin embargo, ha generado varias corrientes de polémica. Por una parte, lógico, los detractores en nómina y por sistema, han puesto el grito en el cielo como si fuese una aberración reconocer mérito en algo que va contra su dogma, evidenciando no sólo cortedad de miras sino un talante sectario y excluyente muy de preocupar. Aunque este cabreo era previsible y esperado. Y puede que no haya provocado tanto ruido como se esperaba.
Por otro lado, entre los aficionados y taurinos -denominaciones muchas veces antagónicas-, también hay controversia en ambos sentidos. Los hay que aplauden a Serra y celebran que no diese motivos a los anti para enrabietarse todavía más, agradeciendo la concesión del premio y subrayando de manera muy sutil la grandeza del tema tratado.
Enfrente están los que disienten de la calidad y profundidad de la cinta, arguyendo que no hay escenas de campo, ni faenas vistas con otra perspectiva o un argumento en el que un pobre maletilla con cara de panoli y no haber roto un plato en su vida encandila con su candor y rusticidad a la hija del ganadero y termina convertido en una gran figura. O en inquilino de la morgue, que también. Y lamentan y reprochan que no se aprovechase el foro ni el foco para reivindicar la tauromaquia, echándole en cara al cineasta que no proclamase a voz en grito el componente cultural del hecho taurino, algo que, evidentemente, hubiese sido una flecha incendiaria y levantado ampollas, generando un debate que hubiese venido muy bien. Ocasión perdida.
¿Era el momento de lanzar una soflama en favor de la fiesta? ¿era el lugar adecuado? ¿le habría favorecido al autor en algo más que ganarse la enemiga de sus colegas y el aplauso efímero y enseguida olvidado del taurineo? ¿tendría que haber roto una lanza en favor del espectáculo taurino? Puede que sí. Y puede que no. En realidad Tardes de soledad es sólo una producción que se acerca al mundo de los toros como base para el desarrollo de una idea y no como un acto de fe ni propagandístico.
Es muy fácil opinar desde la barrera y el que esté libre de pecado que se ponga delante.