Tiempos muertos, tercios que se alargan, faenas eternas. El resultado es, en demasiadas ocasiones, tardes de toros interminables de largo metraje y escasa intensidad. Policía disuasoria a la salida de los toreros por la puerta grande, a veces con la porra en la mano, metiendo los caballos entre la gente y el diestro, empujando como si los aficionados fuesen delincuentes. Alguien que da las órdenes no sabe de qué va esto.






