Un querido, admirado y añorado director de periódico que uno tuvo hace unos años, a quien no han mejorado sus sucesores, no era precisamente un gran aficionado a la fiesta de los toros. Una tarde fallera se sentó a mi lado en una contrabarrera de la plaza de toros de Valencia. Siguió el festejo en silencio y con mucha atención, y pasado el ecuador del mismo, se volvió hacia mí y dijo: “Oye, qué cosas. Yo creía que la plaza de toros también se pegaba la gente, como en el fútbol. Y me he llevado una agradable sorpresa al ver que no es así.” Viene esto a colación por la final de la Copa Intercontinental de fútbol que se discutió ayer en Madrid. Un partido que acabó por jugarse en la capital de España, ya que las trifulcas entre los seguidores de River Plate y Boca Junior impidieron que se celebrase el partido de vuelta en el estadio Monumental de Buenos Aires, feudo de River. Pues bien. Estas cosas, no pasan en los toros. La tauromaquia, la fiesta nacional, tendrá sus defectos y sus anacronismos, que los tiene. Pero el ejemplo que dan los aficionados, tanto dentro como fuera de la plaza, dista mucho del que ofrecen en muchas ocasiones los seguidores futbolísticos. Y es que, en la fiesta de los toros, el aficionado buscar el disfrute, el vibrar con la emoción, sentir el riesgo, gozar con la belleza de lo estético. Y si uno es partidario de un …






