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Qué alegría. Han despertado. Lo celebro como el que más. Quiero a los toros como a mi familia y les he dedicado atención cada uno de los días de toda mi vida. Como aficionado o como profesional del periodismo. Todos los días. Y desde mi más tierna infancia, desde la más tierna. De la mano de mis padres, los dos muy aficionados, que me llevaban a los toros. Soñando con el toreo. Pensando en él. Desde niño, joven, adulto, maduro etc. Siempre.

Aunque era ya notorio y abundante el catálogo de tontos, la emergencia sanitaria está sirviendo de abono para que broten nuevos y espectaculares casos.

Estamos en San Isidro. Sin toros, pero en San Isidro. No hay toros en la primera plaza del mundo. Primera sí, todavía, pese a los pesares. Pero sí puede haber toros en las plazas del periodismo. Y tampoco hay muchos que digamos.

Son numerosas las coincidencias vitales entre las vidas privadas y carreras profesionales de los matadores de toros sevillano y cordobés, que marcaron dos épocas sobresalientes de la historia del toreo, Joselito y Manolete.

Curiosamente, la Plaza de toros de Talavera de la Reina (6.000 espectadores), fue inaugurada por Fernando Gómez El Gallo, padre de Rafael y José, el mes de septiembre de 1890. Treinta años más tarde, Joselito y Sánchez Mejías, pisaron por primera y última vez las arenas talaveranas. También fue la primera ocasión se anunciaban para estoquear reses locales de la viuda de Ortega (1).

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