Lejos quedan las épocas del toreo en la que los conocimientos y la torería daban sentido al toreo, nada queda de aquella evolución en pro del arte en la que contribuyeron los grandes espadas de la historia como Costillares, Pedro Romero, Frascuelo, Joselito, Belmonte, “Manolete” o Paco Ojeda. Aquellos que en contínuo desarrollo transformaron el Kamikazismo de jugarse la vida en arte, aquellos que pusieron reglas que depuraron la técnica con arte y sabiduría consiguiendo hacer sentir a la afición que el arte y los conocimientos eran aceptados como moneda de cambio con el triunfo; dejando lejos y apartado la temeridad de jugarse la vida con la muerte a cara o cruz como único motivo y forma de triunfo.

Maxi Mollá
En pleno siglo XXI, todos los indicios nos hacen retornar a los comienzos en los que el juego de la entrega de la vida humana era el único valor en alza.
Nos olvidamos de los conocimientos y enseñanzas que hicieron casi inmortal al más grande (Joselito), nos olvidamos de la inspiración de su hermano Rafael y de la composición de las lidias y faenas con las telas en un fragmento bien desarrollado (como las historias, con introducción, nudo y desenlace).
Parece ser que hoy sólo sirve la temeridad de pasarse cerca los pitones sin importar si es queriendo o sin querer. Que la vida corra peligro a pesar de no tener contenido las faenas es lo que prima en la evolución de esta tauromaquia moderna.
Se intenta descubrir la verdad y desenmascarar a los ventajistas de las técnicas, mientras se olvidan de señalar y descubrir a los Kamikazes como tales y no como toreros.
De estos, los hay en todas las modalidades Taurinas, y se están adueñando de una fiesta en la que con el enaltecimiento y la vitola de la verdad parte de la afición confunde al resto e instala en lo alto el kamikazismo.
La tauromaquia de Cúchares y la de los festejos populares, debe evolucionar y exigir la verdad del toreo, pero lo que no debe es confundirse y retroceder en la historia para volver a los inicios más arcaicos de la era del circo romano en la que los espectadores vibraban al único y detestable son de la muerte humana ante las bestias.









