Ignacio Garibay, que debutaba en Valencia, hizo lo mejor de la novillada en honor a la patrona de la ciudad.
Valencia, 9 de mayo.
Novillada del Día de la Virgen.
Un cuarto de entrada.
Novillos de Chamaco, bien presentados pero sin fuerza.
Alberto Donaire, de blanco y oro, ovación y silencio tras aviso,.
Félix San Román, de botella y oro, ovación y vuelta al ruedo.
Ignacio Garibay, de purísima y oro y oro, oreja y oreja tras aviso.
Paco Delgado
Foto: Mateo
Tras casi dos meses cerrado a cal y canto, el coso de Monleón volvió a abrir sus puertas para acoger la celebración de un festejo, el del Día de la Virgen, que, en su momento, fue señero en el calendario valenciano y que ahora puja por volver a disfrutar de la importancia de hace años. Pero ni el tiempo ni el juego del ganado contribuyeron a dar esplendor a la fiesta y sólo lo hecho por el mejicano Ignacio Garibay ayudó a dar realce a un espectáculo en el que se lidiaron novillos de Chamaco, muy bien presentados, hermosos, cuajados y serios pero manejables a pesar de su poca fuerza.
Huyó de su sombra el tercero sin que se le pudiese dar ni un solo capotazo en una pésima lidia, sembrando el caos en el ruedo y la rechifla en el tendido. Cuando por fin se le pudo medio picar se aplacó un poco y permitió lucir a Donaire en el quite y en el último terció dejó a Garibay mostrar su toreo cadencioso y templado, enterado y con oficio y con el valor suficiente para aguantar sin enmendarse las dudas y parones de su oponente.
Estuvo vistoso y variado con el capote al recibir al sexto y volvió a evidenciar su toreo pausado y ceremonioso toreando al natural. Se tiró a por todas a la hora de la verdad y a sus manos fue la oreja que faltaba para abrir la Puerta Grande.
Alberto Donaire, que evidenció no tener secuelas de aquella tremenda cornada sufrida en esta plaza hace un par de años, se las vio con un primer novillo manso en el primer tercio y muy parado e incierto en la muleta, probón y de los que hacen dudar. Machacón e insistente, derrochó ganas en busca de lucimiento y así logró robar algún que otro muletazo de mérito en una labor de muy extenso metraje.
Con el renqueante cuarto volvió a estar voluntarioso y dispuesto, probando por un lado y por el otro pero sin lograr nada más que dejar patentes sus ganas. Mató fatal.
Se devolvió por flojo al primero de Félix San Román y tampoco anduvo sobrado de energía el sobrero que le sustituyó y al que su matador ni fijó ni sometió en un trasteo también de mucha duración y en el que recorrió el ruedo sin mando ni argumento.
Buscó lucimiento con el mucho más boyante y claro quinto, demostrando poderío fisico y entusiasmo en otra labor bastante discontinua y embarullada. Eso sí, se tiró a matar a ley.





