Hace un año, el 28 de junio se cumplió, Enrique Ponce sorprendía absolutamente a todos y dejaba patidifuso al mundo taurino con una determinación que nadie esperaba. Ni siquiera los miembros de su cuadrilla, que le aguardaban ya en Burgos para torear al día siguiente.

Paco Delgado
Había encadenado tres tardes seguidas, Alicante, Castellón y León, saldando sus actuaciones con triunfo, y aquel atardecer de principios de verano algo debió pasar por su cabeza que le hizo decir ¡basta!. Mucho se ha especulado y debatido sobre lo que pudo suceder para llevarle a emitir aquel escrito en el que anunciaba su adiós. Y mucho se ha especulado sobre cuánto duraría su retirada, a la que todos dábamos un valor más o menos testimonial, algo pasajero y momentáneo.
Ya a finales del estío se empezó a escuchar, e incluso a leer en algún medio, que Ponce reaparecería en la campaña americana. Y ofrecimientos no le faltaron. Méjico le abrió sus puertas para un retorno a lo grande y tampoco fue tenido en cuenta.
Ni la feria de fallas, marco en el que se daba por hecha su vuelta, máxime si se tiene en cuenta que, debido a la pandemia, su confinamiento y restricciones, no pudo celebrar como merecía su trigésimo aniversario de alternativa. Pero no hubo caso.
Han pasado los meses, se suceden ferias y presentaciones de carteles y el nombre del más brillante y extraordinario torero de los últimos tiempos -no sería exagerado decir también de todos los tiempos, y no sólo por un inigualable palmarés y unas estadísticas estratosféricas- sigue sin aparecer.
Su gesto de sacar adelante la más complicada temporada de la historia de la tauromaquia tras la guerra civil española, la de 2020, en la que toreó en todas partes, con quien fuese, lo que fuese y donde fuese; a poco dinero, a ninguno o hasta poniendo, no le ha sido reconocido en lo que vale y su colofón a una carrera todavía inconclusa y sin rematar como merece sigue aguardando en el cajón de los proyectos.
No sólo ha desaparecido del foco mediático, sino que tampoco ha hecho declaraciones ni ha manifestado cuáles son sus intenciones. Únicamente se le ha visto en un acto público en Almería, hace unas semanas, en el que se reafirmó en su idea de no volver a torear: “No he pensado en ningún momento en reaparecer. No fue una decisión meditada, sino que la tomé tras llegar al hotel y le dije a mi pareja: nos vamos para Almería. Echaba de menos un verano normal, el que nunca había tenido, sin estar pendiente de la próxima corrida”. Unas declaraciones que dejan bien claras sus intenciones y entre las que no parece que figure el volver a enfundarse el chispeante. Pocos toreros, por no decir ninguno, han conseguido cumplir treinta (treinta y uno) años como matador en activo y de manera ininterrumpida, y pocos, por no decir ninguno, han estado todo ese tiempo manteniendo la condición de figura como este Enrique Ponce. Que, además, a lo largo de estos últimos seis lustros, ha ido convirtiéndose en un torero de época y referencia inexcusable para explicar y comprender el toreo en el tránsito del siglo XX al XXI.
Los que, como si de una religión se tratase, seguimos creyendo en él, esperamos que se haga realidad su reaparición y vuelva a habitar entre nosotros. Ya lo he escrito y dicho más veces: lo hecho por Enrique Ponce es motivo más que suficiente para tenerle como a un Dios de la tauromaquia, sin necesidad de entrar en cavilaciones sobre la naturaleza de su ser, estar, esencia o presencia, a pesar de que siempre hubo y habrá quienes discutan no ya su perfección sino hasta su existencia. Como quién no cree en Dios le niega, quien no cree en Enrique Ponce niega la tauromaquia.









