“Los comienzos de Belmonte”. Lo contaba el propio Juan Belmonte. Una de las figuras más importantes de la historia del toreo.
En sus comienzos, Belmonte se iba a Tablada con otros compañeros para torear de manera furtiva. En una de esas escapadas, alguien dio la voz de alarma de que se acercaba el temible guarda. Nos dio vergüenza echar a correr y el Niño de la Vega nos alcanzó cuando aún no habíamos cruzado el rio.
Venid acá flamencos nos decía, no tengais miedo que no os voy a comer. Con el barro hasta las rodillas, se dirigió a mi, seguramente porque era el más rezagado.
Eh, tu mocito ven acá hombre que te voy a decir unas cositas.
Sentí vergüenza, a la vez que me salió mi orgullo.
– ¿Qué pasa?, hombre. a que vienen esos gritos. Parece usted un pollo de pan pringao.
– Pasa, que no teneis vergüenza. ni conciencia de lo que me puede pasar a mi si no cumplo con mi obligación.
– Hombre, la verdad es que nosotros…
– Vosotros lo que teneis que hacer es portaros con dignidad, y también poneros en mi lugar, contestó el hombre.
Tras este coloquio, el Niño de la Vega levantó la carabina y me espetó:
– No se te ocurra volver a desafiarme, porque no respondo de mi.
Belmonte dice: Me miré de arriba a abajo. Estaba desnudo, encogido y tapándome pudorosamenta con la gorrilla, mis partes íntimas.
– Tiene usted razón le respondí.
Nos despedimos amistosamente. El Niño de la Vega tenía razón, pero también es cierto que si no le planto cara, nos hubiera corrido como liebres.
A partir de ese momento el Niño de la Vega nos respetó.
Primero parar, después templar y luego mandar… En el toreo y en la vida misma.









