Como resulta que es cierto que nada lo es para siempre, que hay un tiempo tasado para cualquier tipo de actividad y que todo tiene su fin, la gestión de una de las plazas más importantes, emblemáticas y decisivas del mundo taurino, La Maestranza de Sevilla, una de las más antiguas también, tras casi un siglo en manos de la empresa Pagés, inicia un nuevo capítulo.
Paco Delgado
Era una cuestión cantada. En 2025 finalizaba el plazo estipulado por la propiedad del edificio, la Real Maestranza de Caballería de Sevilla -una institución de la antigua nobleza local, creada en el siglo XVI-, muchos de cuyos miembros ya practicaban el arte del toreo a principios del siglo XVIII en un palenque de madera situado en el Arenal y que al declararse la ruina de aquel tablado se pusieron manos a la obra para levantar, en el monte de El Baratillo -allanado convenientemente para poder acoger la nueva construcción- lo que, en varias fases y tras muchos años de obras, 120, el arquitecto Juan Talavera de la Vega, acabaría por dar como lista una nueva plaza, un polígono de treinta lados y dos pisos de estilo tardo-barroco.
La historia de los empresarios que han gestionado este tan singular coso es un nada fácil compuesto formulado a base de tradición, innovación, controversia y, sobre todo, profunda conexión con la cultura taurina propia que adquiere su personalidad definitiva en 1932, cuando Eduardo Pagés Cubiña, a cambio de una fianza de cien mil pesetas y la renta anual de ciento cincuenta mil pesetas, se hizo cargo de su gestión. Unos años después entró a formar parte del equipo empresarial Diodoro Canorea, llegando a la gerencia de la plaza sevillana, en 1959, después de que su mujer, Carmen Pagés, a la muerte de su padre, lograse ganar la batalla judicial emprendida contra los colaboradores de Eduardo Pagés, Manolo Belmonte y Enrique Ruiz, haciendo que, por poderes, fuese su marido el responsable de una de las plazas más importantes del mundo. A su muerte, en el año 2000, fueron su hijo y su yerno, Ramón Valencia, quienes cogieron las riendas, siendo éste, al negarse el toreo a negociar con el hijo, quien dirigió el negocio maestrante hasta hace unos días.
Las diferencias surgidas entre las partes en los últimos tiempos, con demandas y juicios, puede que fueran la clave para que la propiedad de la plaza decidiese no prorrogar ese matusalénico contrato y cambió de aires, encomendando su dirección a José María Garzón.
La evolución de las preferencias del público, la competencia de otros espectáculos y la controversia (muchas veces descarada animadversión) en torno a la tauromaquia plantean no pocos interrogantes sobre el futuro de la empresa. Garzón es empresario taurino, ganadero y apoderado (lleva a Juan Ortega). Su incursión en los cosos taurinos comenzó en 2007 en la plaza manchega de Alcázar de San Juan. Luego, en 2012, puso en marcha Lances de Futuro, que, poco a poco, se ha ido consolidando como una de las empresas taurinas más prometedoras del mercado. Gestiona en la actualidad las plazas de Córdoba, Santander, Torrejón de Ardoz y Cáceres y en esta campaña que acaba de concluir también llevó las de Almería y Málaga.
Su mercantil apuesta claramente por la comunicación y las producciones audiovisuales, buscando acercar la tauromaquia a un público más amplio y joven. Esto incluye retransmisiones en diferentes cadenas de televisión (Canal Sur TV, OneToro, etc), campañas publicitarias y actividades culturales paralelas a las corridas. La más reciente fue una campaña televisiva, La Nueva Forma de Sentir el Toreo, que logró un tremendo impacto al alcanzar a 48 millones de personas con su emisión en Antena 3, Telecinco, Telemadrid y Canal Sur entre mayo y julio, siendo tenida ya como una acción inédita de promoción de la tauromaquia en prime time.
Dirigir la plaza de Sevilla no es, pese a lo apetecible que parezca desde fuera, tarea de fácil ni sencillo desarrollo, pero visto lo hecho hasta ahora por el empresario sevillano, tampoco hay que dudar de su capacidad y experiencia. Su principal desafío será compatibilizar la tradición sevillana afianzada a través de Pagés con estrategias modernas, sin llegar a perder la identidad y el gusto del aficionado de la Maestranza, que, si Morante no vuelve, anda huérfano de un torero de referencia.
Sevilla, naturalmente, tiene un color especial pero también ya gestor que lo sabe.







