Segundos 5 – 2 Orejas. Artículo de Carlos Bueno

Cinco segundos bastaron para detener el tiempo y elevar el toreo a una dimensión casi irreal. La tarde del Domingo de Resurrección en la Maestranza de Sevilla, José Antonio Morante de la Puebla firmó una de esas obras que escapan a cualquier medición estadística, una faena construida desde el asombro, la quietud y la emoción más pura, que desató la controversia pero que quedó grabada, indeleble, en la memoria de quienes tuvieron la dicha de vivirla.

 

 

Cinco segundos. Una eternidad. Un parón del toro recién salido de chiqueros, y un aguante estoico. El animal desparrama por un momento la vista, y Morante permanece impasible. Sorprendente. En el callejón todos miran la escena atónitos, mientras el de La Puebla sigue inalterable. Un banderillero está listo para salir presto del burladero, pero el genio resiste imperturbable. Admirable.

 

Sucedió el Domingo de Resurrección en Sevilla. A José Antonio Morante se le había colado el astado en el recibo capotero creando un momento peligroso, de serio apuro. Luego, sin tomar la mínima precaución, le endosó cuatro verónicas y, entonces, el Garcigrande se quedó totalmente parado a un metro suyo. Tampoco se movió ni un ápice el torero, clavado a la arena, semi de frente, la pierna de salida adelantada, el mentón hundido, encajado de riñones, con el percal señalando el camino del capotazo inmóvil, como si de una fotografía se tratase. Asombroso.

 

No fue una decisión estudiada, ni preconcebida, ni entrenada, porque una situación así no se puede prever. Fue una reacción natural, seña de su valor y de su seguridad. Cinco segundos de infarto que congelaron los corazones de toda la plaza menos el de un Morante sereno y estoico, templado en movimiento y también en quietud. Nadie recuerda algo parecido. Y finalmente el toro pasó para que la serie pudiera abrocharse con otras tres verónicas y una media de remate. Emocionante.

 

Ese fue el preámbulo de una labor que continuó por la senda de la conmoción. Un quite acunado, a compás y sentido. Un inicio de faena arrebatador, caminándole al burel hacia las afueras con torería, naturalidad, ritmo, pellizco; siempre ganándole terreno, siempre mandando. Nueve muletazos que pusieron La Maestranza boca abajo.

 

Y prosiguió con su personal inspiración y temple, con un compromiso en la colocación que rompía la teoría de la impenetrabilidad de los cuerpos. Entregado, muy de verdad. Variedad, gracia, abundando en la naturalidad y provocando que la emoción no decayese ni un segundo. Remates y desplantes decimonónicos, sabor y estampa antigua, la ortodoxia de siempre. Y para rematar una soberbia estocada en todo lo alto.

 

Se pidieron con fuerza las dos orejas y el palco las concedió. Pronto hubo quien cuestionó el doble trofeo, argumentando que por el pitón izquierdo el animal no había permitido el mismo lucimiento que por el derecho. Y es cierto. Como lo es que el quehacer de Morante fue singular e intenso de principio a fin, desde los cinco segundos de infarto hasta la rúbrica con el soberano volapié.

 

Merecía una oreja cuanto sucedió con el percal. La merecía cuanto llevó a cabo con la franela. La merecía el perfecto espadazo. La merecía la catarsis que provocó en el graderío. Porque, en realidad, el torero es eso: emoción. ¿Y se mide la emoción en orejas? Rotundamente no. Sin embargo, hay quien se empeña en cuantificar estadísticamente la vibración y la convulsión que provoca una obra estremecedora.

 

No estaría mal estudiar alguna manera alternativa de premiar las faenas de los toreros. Entretanto, la de Morante es de dos orejas por su singularidad, ritmo, magnitud, emoción y capacidad para dejar un recuerdo perenne en la memoria de quienes tuvimos la dicha de vivirla.

Nació en Algemesí (Valencia) en 1968.

Director y presentador de programa taurino “El Corro” de Berca TV, Televisión de Algemesí, desde 1996.

Director y presentador del programa taurino “Patio de Cuadrillas” desde su creación en 2002, pasando por LP Radio, Punto Radio, Gestiona Radio e Intereconomía Radio.

Articulista de la revista “Avance Taurino” desde 1998.

Redactor del semanario taurino “Aplausos” desde junio de 2004 hasta agosto de 2005 y director del periódico “La Veu d’Algemesí”.

Ha escrito los libros «Luis Francisco Esplá, toreador», «Plaza de toros de Algemesí» y «Sueños de gloria».