Se ríen de los enanos y del toreo. Artículo de Carlos Bueno

Bajo la banal e insostenible excusa de que el público se ríe de los participantes en espectáculos cómico-taurinos, generalmente personas con enanismo y acondroplasia, ciertos políticos se han apropiado de la defensa de la dignidad de los toreros cómicos, una bandera que nadie les ha pedido que enarbolen y que no les corresponde. Quienes presencian estos festejos se ríen con los protagonistas, no de ellos. Del igual modo que se ríen con Charlot, Cantinflas, Chiquito de la Calzada, José Mota o Leo Harlem. ¿Acaso a ellos también se les debería haber impedido actuar?

 

 

 

 

Va diluyéndose. La cuestión pierde fuerza. El problema se queda en un discreto segundo plano. La prohibición de los espectáculos cómico-taurinos va ganando terreno sin que el sector profesional reaccione en bloque. Salvo las empresas implicadas y alguna asociación sindical a título individual, el mundo de los toros permanece de brazos cruzados sin alzar la voz mientras un grupo de toreros se quedan sin poder ejercer su trabajo y los espectadores más jóvenes sin la posibilidad de presenciar un tipo de función que históricamente ha sido cantera de aficiones.

 

El tema no es nuevo. Ya hace unos años, auspiciado por una serie de políticos ignorantes, totalitarios y, muy posiblemente, prevaricadores, se produjo un primer ataque contra estos festejos. Bajo la banal e insostenible excusa de que el público se reía de los participantes, generalmente personas con enanismo y acondroplasia, ciertos partidos se apropiaron de la defensa de la dignidad de los toreros cómicos, una bandera que nadie les pidió que enarbolasen y que no les correspondía.

 

Quienes presencian estos espectáculos se ríen con los protagonistas, no de ellos. Del igual modo que se ríen con Charlot, Cantinflas, Charlie Rivel, Miliky, Chiquito de la Calzada, José Mota, el Comandante Lara o Leo Harlem. ¿Acaso a ellos también se les debería haber impedido actuar? Porque con ese mismo argumento, Peter Dinklage, reconocido y premiado personaje de Juego de Tronos, con su metro y 35 centímetros de altura jamás hubiera tenido opción de convertirse en intérprete; y lo mismo le hubiese ocurrido al famoso Danny DeVito, de 1’47 centímetros de estatura. Los personajes de películas, teatro o tauromaquia, son capaces de emocionar al respetable con independencia de su talla.

 

Los toreros cómicos han elegido esa forma de vida con total libertad, y ahora hay quienes pretenden impedirles su actividad de forma unilateral y dictatorial sin ofrecerles una alternativa. El artículo 35 de la Constitución Española indica que todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo, a la libre elección de profesión u oficio. Pero hay políticos que estiman que hacer caso omiso a la Constitución y a las Leyes que prometieron al tomar posesión de su cargo y autoproclamarse guardianes del honor de los súbditos les comportará un puñado de votos extra. No existe otra explicación.

 

Los festejos cómico-taurinos son actividades incluidas dentro del ordenamiento jurídico español y autonómico, y por consiguiente son una actividad legal. Además, todos los protagonistas que actúan ostentan el carné que asegura un nivel profesional digno y garantiza los legítimos intereses de cuántos intervienen. Por otra parte, la ley general de derechos de las personas con discapacidad y de su inclusión social, aprobada para establecer la no discriminación de las personas con discapacidad, esgrime que “podrán participar en las actividades recreativas y en los espectáculos públicos –también los taurinos­– sin rechazos ni exclusiones que lesionen su derecho a ser incluidas plenamente en la comunidad”.

 

Parece evidente que lo que se intenta con estas prohibiciones sólo es cortar un eslabón de la cadena de aficiones. La táctica de los antitaurinos es siempre la misma. Saben que no pueden acabar con la tauromaquia de raíz, así que van minando la posible floración de nuevos adeptos. No les importa lo más mínimo el derecho al trabajo de altos o pequeños, y mucho menos que los toros sean una actividad cultural amparada por la Carta Magna. Ellos son los que se ríen de los enanos, y también del toreo.

 

Y contra eso no cabe permanecer impasibles. Los profesionales deben reaccionar y no permitir que el enemigo vaya ganando pequeñas batallas. Está muy bien que la plaza de Las Ventas haya registrado grandes entradas en San Isidro, como ocurre en otros cosos relevantes, pero dejar que se vaya perdiendo terreno y derechos es un error que podría pagarse caro a largo plazo.

Nació en Algemesí (Valencia) en 1968.

Director y presentador de programa taurino “El Corro” de Berca TV, Televisión de Algemesí, desde 1996.

Director y presentador del programa taurino “Patio de Cuadrillas” desde su creación en 2002, pasando por LP Radio, Punto Radio, Gestiona Radio e Intereconomía Radio.

Articulista de la revista “Avance Taurino” desde 1998.

Redactor del semanario taurino “Aplausos” desde junio de 2004 hasta agosto de 2005 y director del periódico “La Veu d’Algemesí”.

Ha escrito los libros «Luis Francisco Esplá, toreador», «Plaza de toros de Algemesí» y «Sueños de gloria».