Vamos a los toros, a la plaza de toros, a los toros de la calle, al toro embolado, al toro de cuerda. El toro es el común denominador que nos une. Muchos aficionados al toreo en plaza han mirado a la gente de la calle por encima del hombro, y se equivocan. En la calle están las raíces, la tradición y el poder. Si la calle aguanta la tauromaquia pervivirá, y el toro está fuerte en la calle le pese a quien le pese.
Consumidos ya los aperitivos y primer plato de la temporada, las ferias de fallas y Magdalena dejan un sabor agridulce. La respuesta de público ha sido dispar, con mucho mejor nota en Valencia que en Castellón, y lo hecho por los de coleta tampoco ha vuelto loco a nadie, aunque los nuevos hayan ilusionado.
No sé si se dan cuenta de cómo está cambiando el panorama, que cambia y mucho. Faenas interminables, no vuelta al ruedo sin oreja, pocas ovaciones de montera en mano durante el capote y exprimir a los toros aunque se vea que no va a ser.
En los mentideros taurinos mejicanos se barrunta una noticia que, de acabar produciéndose, sería una auténtica bomba para la tauromaquia. El empresario de la Monumental de Insurgentes estaría negociando con Enrique Ponce y José Tomás su inclusión en el cartel de la reapertura de la plaza la próxima Temporada Grande. El valenciano y el madrileño no coinciden desde junio de 2007.
Desde tiempo inmemorial, desde que el hombre se irguió sobre sus piernas y razonó, el ser humano tiene ilusiones. Como el pájaro alas, que diría Pascal. “Eso es lo que lo sostiene. Es en ti la ilusión de cada día”, recitaba Neruda en uno de sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada, en 1924.
La que yo denomino Semana Santa taurina se compone de varias partes:






