Es preocupante que uno de los países más taurinos del mundo se vea tan agobiado por la presión antitaurina de unos pocos y la plaza más grande del mundo siga cerrada a cal y canto desde hace más de un año y sin visos de que vuelva a abrir sus puertas, al menos de manera inmediata.

San Fermín va viento en popa porque hay más gente, más ambiente, más negocio, más visitantes, más extranjeros y más internacionalización. Los encierros, a su manera moderna, siguen siendo el top de la actualidad y la difusión. La plaza se llena todas las tardes, con lo cual la caja de recaudación está completa. Incluso hay más espectadores en la plaza los días laborables para ver la llegada del encierro y  disfrutar antes de la música y la alegría. Y después de las vaquillas. Tres espectáculos por el precio de uno.

Los sanfermines son alegría, carreras, alcohol, turismo, facturación, astados, desenfreno, aficionados, cánticos, desconsideración, dureza, riesgo, mérito, incorrección, rentabilidad… Pamplona por San Fermín es única y nada tiene que ver con la realidad del toreo. Los encierros matutinos llegan a las pantallas de medio mundo y son un fantástico escaparate taurino, pero las corridas vespertinas siguen desaparecidas de la televisión en abierto. Por fortuna, así, algún comportamiento incívico queda en el ostracismo.

Fórmula taurina tradicional que reflejaba cómo había resultado la actuación de un diestro en función de la respuesta controvertida del público, que pitaba u ovacionaba según había visto y entendido la lidia. Hoy se ha perdido, casi, y la gente ha uniformado de manera alarmante su criterio.

Siempre escribo estos días de San Fermín como incondicional del santo y de su fiesta. Y por ser uno del pequeñísimo grupo que ha visto todos los encierros, todos, entre estar en Pamplona y en la tele durante, más de medio siglo. Todos los días. Todos. Así durante más de 50 años. Se dice pronto.

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