Les voy a contar una historia ejemplar y humanísima de fidelidad y amor extremos al toreo. Y a su defensa. La historia se terminó el domingo, 4 de noviembre, con la muerte de Juan Cánovas Alcaraz, conserje de la plaza de toros de Cartagena, durante 46 años, siguiendo la tradición de su abuelo y de su padre, que también lo fueron en esta más que centenaria plaza. Sólo esta familia al mando.
Pues sí. Escribía hace poco que hay cinco meses para aprovechar el período del llamado invierno e intentar arreglar algunas cosas del toreo. El conocido como “sistema” debe reflexionar para dar más emoción y quitar trabas al espectáculo, cada vez más lento y aburrido. Y ampliar las oportunidades. Y hacer nuevos carteles con el mismo escalafón. Y organizar más novilladas para que al menos surja ese torero que mueva las taquillas.
Profesionales y aficionados del toreo debemos un reconocimiento a una época que las nuevas generaciones tienen, no sé si decir aparcada, u olvidada, o simplemente ignorada, por las prisas con las que manejamos la historia y los recuerdos propios.
Nunca ha sido la tauromaquia disciplina que tuviese favores de la Administración, fuese esta del signo que fuese, llegando, a lo más, a ser tenida en algún momento puntual como elemento de distracción para la masa.
La participación del aficionado a través de su opinión en el soporte del espectáculo taurino vuelve a ser una eterna cantinela. Porque quieren estar, y sería necesario que estuvieran..., pero deberían aprender a estar.
Espero que otro descanso hasta marzo lo aprovechen los taurinos. Disponen de cinco meses para trabajar y resolver muchas cuestiones pendientes en el toreo.






