Desde el percance de Zaragoza y en estas temporadas de pirata con el ojo tapado, Juan José Padilla se ha triplicó. No es aquel único de las corridas duras y entero físicamente sin más secuelas que las cornada que sufrió como aquella gravísima en Pamplona donde un toro le perforó el cuello y de la que quedan fotografías impresionantes.
Si convenimos que, en conjunto, la de 2018 fue una temporada de nota positiva y abundantes puntos de interés, lo normal es que la que ahora amanece siguiese la misma senda. Por más que la política y sus inescrutables vericuetos sigan siendo una amenaza real y muy seria.
Un adiós que llega con retraso. Esperado, deseado, inaplazable, el adiós del Cid viene por la necesidad de no demorar más lo que parecía cantado. No hay más que ver cuántas toreaba, dónde y con quién en las últimas temporadas. Cada vez menos. Hace años ya su decadencia era tan clara como evidente.
A pesar de que en invierno las noticias referentes a la confección de carteles escasean y de que el ambiente taurino se enfría en esta época del año, los aficionados mantienen viva la llama de la ilusión esperando las combinaciones de las primeras ferias de la temporada. Y aunque no parece que en 2019 el funcionamiento del sistema taurómaco vaya a cambiar demasiado, hay pequeños indicativos que señalan que pueden comenzar a suceder cosas positivas en su entorno (si de verdad se hace lo que se dice y se aprovechan las coyunturas).
No tuvo rival en su época en activo, ni antes ni después, como periodista radiofónico que escribió y habló de toros. Fue el mejor, con diferencia, por la honestidad con la que ejerció y por la brillantez que alcanzó. Antonio García-Ramos Vázquez, un nombre que, sin embargo, las generaciones posteriores de aficionados y profesionales lo tienen aparcado en la memoria del reconocimiento.
Acabó 2018 y antes de pensar ya en el nuevo año hay que recordar qué dio de sí, y de no, el anterior. Al empezar una aventura todo es esperanza. Al terminarla todo se ha hecho experiencia.






